Hace poco pasé por un minigolf abandonado que aún puede verse en una zona playera de vacaciones. Hace años vi allí a un padre jugando con su hijo a eso de las tres de la tarde. No había nadie más, sólo ellos dos, y no supe si aquella imagen –el padre aburrido, el hijo más aburrido aún– era una definición perfecta de la desolación humana o si en cambio lo era de la felicidad humana. Era, sin duda, una imagen digna de un relato de John Cheever, pero ¿era una imagen de la felicidad o de la desdicha? Créanme que hay pocas cosas más tristes que pasar por un minigolf a las tres de la tarde de un tórrido día de verano y ver a un padre jugando allí con su hijo. Pero al mismo tiempo, ¿no es una hermosa imagen del afecto y del amor humanos, no es una imagen de entrega, de confianza: el niño que juega con su padre, el padre que juega con su hijo?
Y ya que estamos, surge de repente otra pregunta: ¿queda en activo algún minigolf? ¿Sigue la gente jugando al minigolf en algún sitio? Si hago memoria, no recuerdo haber visto ninguno en activo en los tiempos recientes. Desaparecieron como desaparecieron los flippers, las cabinas telefónicas, las cartas de amor, los casettes, los compact-discs y los teléfonos fijos de sobremesa. ¿Dónde vimos el último teléfono fijo de bruñido color negro? ¿Dónde vimos el último casette? Ya no lo recordamos, ya ni siquiera sabemos de la existencia de esos objetos. Y ahora mismo hay cuarenta parques acuáticos abandonados en España, y pienso en la cantidad de películas de terror que se podrían rodar en esos parques, o en el paisaje de fondo para una novela con un padre que tiene que convivir con su hijo y lo único que sabe hacer es llevarlo a jugar al minigolf (suponiendo que quede en pie alguno). No sé si recordarán que los parques acuáticos se pusieron de moda hará unos veinte años y que todos los niños que nacieron con el cambio del milenio pudieron disfrutar –si fueron afortunados– de sus largas tardes de verano en un parque acuático. Pero veo que esos parques han caído en desgracia y ya no atraen a los niños. Bueno, también hay que tener en cuenta que cada vez hay menos niños, y quizá habría que pensar en parques de atracciones para mascotas y en pistas de minigolf para nuestros gatitos adoptados. Hay que saber adaptarse.
Bien, amigos, las vacaciones se terminan y todos estamos con el ánimo decaído. Es el momento de buscar un minigolf y echar la última partidita del verano. A las tres de la tarde, cuando las chicharras canten más fuerte, será buen momento.
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