El mundo tiene una legítima preocupación sobre las consecuencias de la Inteligencia Artificial (IA), una tecnología que avanza a toda velocidad. Y que ha generado ya un importante rechazo, especialmente contra la multiplicación de centros de datos, costosos y que amenazan el entorno territorial y el acceso a recursos básicos. No se puede saber hasta qué punto las últimas advertencias de los empresarios y visionarios promotores de la IA más avanzada son sinceras, pero es bastante razonable pensar que sus propuestas benefician especialmente a las empresas que ya dominan la frontera tecnológica. Es decir, las suyas.
Con cierto esquematismo, las grandes de la IA pueden dividirse entre las que concentran sus esfuerzos en desarrollar los modelos más avanzados y mantienen su tecnología cerrada, y las que han apostado en mayor medida por modelos abiertos o de parámetros accesibles. Los primeros suelen exigir mayores inversiones y ofrecen servicios más caros; los segundos permiten descargar, adaptar y reutilizar los modelos y tienden a reducir los costes de acceso. Pese a las diferentes prestaciones y complejidad tecnológica, los modelos abiertos han ido recortando notablemente las distancias respecto a los cerrados.
Quienes con más severidad advierten ahora de los riesgos para la humanidad de la IA descontrolada son los dirigentes de las empresas que desarrollan los modelos más avanzados y mantienen su tecnología cerrada. Comenzando por Dario Amodei (Anthropic), autor del manifiesto We Must Pace the Frontier, pidiendo acompasar el ritmo a los avances en seguridad y una regulación federal en EE.UU. (expulsando del sistema a los 50 estados, siempre belicosos y activos) y un régimen internacional de control. Y respaldado por su competidor principal, Sam Altman (OpenAI). Enfrente, empresas involucradas en la estrategia de sistemas abiertos. En primer lugar Mark Zuckerberg (Meta), nada sospechoso de altruismo, acompañado de Jensen Huang (CEO de Nvidia), el líder mundial en el diseño de chips avanzados.
Un grupo intermedio de dirigentes de empresas que invierten en ambos modelos, pero más implicados en el primero, ha apoyado también a Amodei: Demis Hassabis (Google DeepMind) ; Satya Nadella (Microsoft) y Mustafa Suleyman (Microsoft AI). Microsoft, suministradora de las empresas de IA, tiene la mayor parte, aunque no en exclusiva, de sus inversiones y su actividad en este ámbito, en modelos cerrados. Elon Musk (xAI) también está en el grupo, pese a defender el sistema abierto, pero hace ya tiempo que propugna medidas de control. El propietario de X y Starlink vende también servicios de supercomputación a Anthropic a través de Colossus a razón de 1.250 millones de dólares al mes hasta el 2029.

La coyuntura de las compañías que han apostado por laboratorios avanzados y modelos cerrados se ha complicado en los últimos meses. Además del rechazo social, sus ingentes inversiones masivas en nuevos centros de datos e infraestructuras de IA han inquietado a analistas e inversores, temerosos de estar ante una burbuja. La idea de la “desaceleración” les ha dado aire en bolsa, pues podría reducir su ritmo de gasto y endeudamiento, acercando su umbral de rentabilidad.
También ha supuesto el reconocimiento de estar en una disyuntiva difícil, inversiones masivas sin horizonte de rentabilidad claro y con la amenaza latente de que un competidor, chino o local, las desmonte lanzando alguna propuesta barata, como ya estuvo a punto de ocurrir con el DeepSeek a comienzos del 2025. Así se puede interpretar también el aplazamiento de la salida a bolsa de las dos estrellas de la IA de EE.UU., OpenAI y Anthropic.
Trump se opone a relajar la carrera: el crecimiento de EE.UU. depende de las inversiones en IANo están claras las expectativas de beneficio. La regulación que plantean podría cortar las alas a quienes estando aún rezagados se acercan a peligrosa velocidad. Las dos firmas compiten, pero tienen una visión similar del negocio y su salida a bolsa enfrenta ideas contradictorias: seguridad, competencia feroz entre las dos y límites para el resto de los rezagados y necesidad de pedir aún más capital.
Un aroma a socialización de pérdidas se detecta en el ambiente tras la petición de calma y posible intervención pública. Protegerse tras un regulador cómplice en el que descargar parte de la responsabilidad de los desarrollos propios y ajenos siempre es una tentación. OpenAI, de nuevo, planteó este verano que el Gobierno de EE.UU. entrase en su capital. Socio a la par que guardián. Y una regulación endógena desde EE.UU. podría fácilmente aspirar a imponerse como alternativa y ser superior internacionalmente a la de la UE, uno de los diablos para esas empresas. Conseguir su derogación es una de las causas explicativas de su apoyo a Donald Trump.
Meta, a diferencia de algunos de sus rivales, ya saca dinero de sus avances en IA y no quiere ni oír hablar de que le pongan límites. Y podría pensar que se ha blindado tras acordar el pago de 18.000 millones precisamente por causar a sus clientes algunos de los problemas, a una escala muy inferior a la que ahora está en discusión. Ha despejado su horizonte legal y disuelto la amenaza de sanción ejemplar, mucho mayor que la pactada y que amenazaría la supervivencia de la empresa.
Los críticos con la nueva propuesta de Amodei y sus colegas defienden que ralentizar el desarrollo e introducir controles definidos por las compañías líderes de los modelos cerrados erigiría obstáculos a los modelos abiertos, aún algo menos avanzados, pero más baratos, para asegurar la rentabilidad de sus inversiones. En el caso de Nvidia, le supondría un drástico frenazo en las ventas de sus chips para las infraestructuras de IA, base de un fabuloso negocio que ha llevado a la compañía a ser la de mayor capitalización bursátil del mundo, más de 5 billones de dólares y que depende de que el mercado sea lo más abierto posible, para que crezca el número de sus clientes.
¿Y Donald Trump? Es difícil decodificar la personalidad del presidente de EE.UU. Además de su narcisismo, se le conocen otras tres grandes preocupaciones: su fortuna; difundir que la economía de su país va como un cohete gracias a sus medidas; y bloquear los avances chinos especialmente en este terreno de la IA. Respecto del primero es bastante probable que un control más estricto de las actividades e inversiones de la IA reduzca sus posibilidades, y las de sus amigos, de lucrarse con información privilegiada y tráfico de influencias.
Más relevante es el efecto sobre el conjunto de la economía de EE.UU. Pese a lo que dice la propaganda de la Casa Blanca, durante el segundo mandato de Trump la economía se está desacelerado progresivamente; en el 2025 fue del 2,2%, seis décimas menos que en el último ejercicio de Joe Biden y en este 2026 el último dato apunta a un descenso aún mayor, en el segundo trimestre de este año fue del 1,5%. Y precisamente un factor esencial de ese crecimiento es la inversión de las grandes tecnológicas en IA y centros de datos. En el 2025 superó el medio billón de dólares, alrededor de los 800.000 millones este y la prevista para el próximo 2027 alcanza la astronómica cifra de 1 billón, según información recopilada por Reuters. Se estima que esas inversiones aportan al menos 0,5 puntos del crecimiento. Si aflojaran, Trump se enfrentaría, además de a unas difíciles elecciones de medio mandato, noviembre, con el coste de la vida como foco, a un final de mandato deprimente.
Sea o no sincera la preocupación de Amodei y los demás, sus propuestas benefician a sus empresasSobre China, la Administración Trump defiende mantener el bloqueo a venderle chips avanzados y otros productos para asegurar que las empresas de EE.UU. se mantendrán en cabeza en esta arriesgada carrera. Pero parece que Amodei y Altman no lo ven tan claro, aunque su propuesta de conseguir que Pekín asuma límites a sus ambiciones tiene pocos visos de prosperar.
La propuesta del sector tecnológico de EE.UU. partidario de ralentizar el ritmo, tiene en su punta de mira el desafío chino. El objetivo de Xi Jinping de liderar también esta tecnología. Ha encajado la nueva propuesta como una continuidad de la política de EE.UU. no solo de Trump, también de su predecesor, Joe Biden. En este país uno de sus aliados es precisamente Nvidia, que teme que al final Pekín encuentre un suministrador alternativo o que acabe fabricando directamente sus propios chips. Depende de la potencia tecnológica americana, pero necesita el mercado chino. En esta dinámica de desconfianza entre las dos potencias, las posibilidades de un acuerdo de gran alcance que limite la carrera tecnológica parecen, hoy por hoy, reducidas.

Adjunto al director de La Vanguardia. Periodista especializado en información económica
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