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El delito de amar

Дата публикации: 19-09-2026 17:00:58

Faltan pocos días ya para el estreno de La bola negra, la última película de los talentosos Javis que entrelaza las vidas de tres hombres gays en diferentes momentos de la historia de España. Se inspira en la novela que Federico García Lorca no pudo terminar de escribir porque lo asesinaron los fascistas en 1936. No sé si habrán visto el tráiler, que es espectacular, pero la verdad es que el proyecto tiene muy buena pinta y ha despertado una gran expectación. No en vano, ya obtuvo el premio a la mejor dirección nada menos que en Cannes, es la flamante candidata de España a los Óscar y todas las críticas que he visto hasta ahora son más que positivas.

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Faltan pocos días ya para el estreno de La bola negra, la última película de los talentosos Javis que entrelaza las vidas de tres hombres gays en diferentes momentos de la historia de España. Se inspira en la novela que Federico García Lorca no pudo terminar de escribir porque lo asesinaron los fascistas en 1936. No sé si habrán visto el tráiler, que es espectacular, pero la verdad es que el proyecto tiene muy buena pinta y ha despertado una gran expectación. No en vano, ya obtuvo el premio a la mejor dirección nada menos que en Cannes, es la flamante candidata de España a los Óscar y todas las críticas que he visto hasta ahora son más que positivas.

Al margen de los premios, que importan pero en su justa medida, y de la propuesta artística y creativa de Javier Ambrossi y Javier Calvo, que ya habían demostrado su virtuosismo en proyectos anteriores, la peli me parece más que oportuna. Netflix, que ha comprado los derechos de distribución para Estados Unidos, asegura que la mejor baza de La bola negra “es que es el futuro”, confesaba el otro día Ambrossi, a lo que Calvo añadía “a pesar de que habla del pasado”. Creo que aquí está la clave. De una manera o de otra, esta peli va a poner el foco en el derecho inalienable, pero tantas veces violentado a lo largo de la historia y la geografía, que tiene todo el mundo a ser quien es y a vivir su sexualidad en libertad. Y esto, por desgracia, está de plena actualidad.

El cambio en la percepción que se tiene de la homosexualidad y en el reconocimiento de derechos, como al matrimonio por ejemplo, ha sido espectacular en España. En apenas un par de generaciones. Cuando yo nací, las personas gays no solo eran humilladas y señaladas por la sociedad, sino que incluso eran encerradas en campos de concentración, como bien saben quienes han desenterrado la historia de Tefía, por citar solo una aberración. Pero eso no significa que la batalla esté ganada o que la historia fluya en una dirección. Hay suficientes indicios en el ambiente, así como precedentes, que nos indican que vienen curvas y que los liberticidas acechan con la guadaña. África es un triste ejemplo.

Salvo afortunadas excepciones en un puñado de países, las condiciones en las que se ven obligadas a vivir las personas homosexuales en nuestro continente configuran una auténtica tragedia. En el mejor de los casos, escondidos o viviendo una doble vida para no levantar sospechas; en demasiadas ocasiones, apaleados, señalados por la calle, denunciados o encarcelados. Hace unos años, una turba descontrolada entró en un cementerio de Senegal, desenterró y quemó en la vía pública el cadáver de un joven por su supuesta homosexualidad. Fue una especie de aquelarre de odio que iba más allá incluso de la muerte que circuló por las redes sociales y los grupos de mensajería, esa plaza pública del siglo XXI.

La homofobia no es exclusiva de África, ni una conditio sine qua non allí. Todo lo contrario. Documentados están los casos de culturas autóctonas en los que las relaciones entre personas del mismo sexo eran no solo toleradas sino vistas con buenas ojos o en las que los homosexuales ocupaban un lugar preciso en rituales y prácticas colectivas. El rechazo al colectivo LGTBI llegó más bien de la mano de la predicación de las dos grandes religiones que atravesaron el continente, el Cristianismo y el Islam, y quedó fijado en leyes y códigos penales impuestos por las potencias colonizadoras. La paradoja es que hoy muchos africanos consideran que la homosexualidad es “una imposición occidental que no respecta las culturas y las tradiciones africanas” cuando, en realidad, la apuesta foránea fue por la homofobia.

A lo largo de las últimas dos décadas he conocido a decenas de africanas y africanos rotos por dentro a causa de su condición sexual. Pero es que, lejos de aflojar, la cosa ha ido a peor. En este 2026, Senegal se sumó a la moda de endurerecer la legislación contra los llamados “actos contra natura”, como han hecho muchos otros países, lo que sumado a la extendida homofobia abrió la puerta a una auténtica cacería. Cada vez que se detiene a un joven o a un grupo de ellos, la Policía rebusca en sus teléfonos móviles conversaciones, intercambio de fotos y mensajes y nuevas detenciones en cascada llenan las cárceles de personas por el delito de amar. Todo ello jaleado por medios de comunicación que reproducen sin ningún pudor las partes más morbosas del asunto.

Hace unos meses conocí a una transexual nigeriana que me impresionó. Me contaba con toda naturalidad cómo había sido golpeada por un grupo de chavales en plena calle, lo que le obligó a abandonar su país. “Yo no elegí ser así, pero es lo que soy”, me contaba. Otros chicos me relataban el sufrimiento constante de sentirse atraídos por hombres pero, al mismo tiempo, tratar de negarlo porque son profundamente musulmanes. O por la presión social y familiar. Cheikh se olvidó un día el teléfono móvil en casa y le entró una llamada. Contestó su tío, que aprovechó para mirar sus conversaciones. Cuando regresó, lo apuñaló hasta casi matarlo. He visto sus cicatrices. Las de afuera y las de dentro.

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Me acuerdo de ellos en esgos días de espera de La bola negra. Y pienso, quizás con ingenuidad, que ojalá la película de los Javis sirva para sacar a la luz que, en muchos lugares del mundo, las personas homosexuales se siguen jugando la vida o la libertad. Porque la puntilla de su tragedia no es que estén amenazados y perseguidos. Muchos de ellos no encuentran salida. Y es posible que se sientan más solos que nunca la noche en que, pegados a las pantallas de sus teléfonos móviles, escuchen los aplausos cuando un actor o actriz famosa susurre esas tres palabras a un micrófono, la bola negra, y quizás alguien se acuerde de Lorca en una entrevista que dará la vuelta al mundo.

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