A sus 93 años, Matías Mata conserva desde 1947 su carné de la Cultural y desde hace algo más de un año es su socio número 1
28/08/2026 a las 08:14h.
Hay personas cuya vida va intrínsecamente ligada a un equipo de fútbol, dejando carente de validez a aquellos que opinan que solo se trata de un deporte de 22 hombres corriendo detrás de un balón, y un buen ejemplo de ello es Matías Mata. A sus 93 años, lleva nada menos que 79 como socio de la Cultural y, desde hace algo más de un año, luce el número 1 del carné.
Quizás no es una distinción buscada o que haya imaginado con el paso de los años, pues parece que siempre es algo que queda muy lejos, pero sí el resultado de una vida entera de fidelidad a un club al que llegó cuando apenas tenía 14 años gracias a su hermano mayor, que los acercó a la ciudad y pudo formar el primer lazo de una relación posteriormente indivisible entre ambas partes.
Toda una vida de culturalismo«Yo, socio de la Cultural, y tengo el número 1 de socio, así que fíjate los años que llevo», recuerda con orgullo Matías, para quien los años también pasan, aunque eso no remueve lo más mínimo su amor por la Cultural, presente de diferente manera en cada rincón de la habitación en la que duerme dentro de la residencia. Su hijo Emilio Mata, que lo acompaña y lo ayuda a reconstruir algunos recuerdos ya muy lejanos, pone la cifra en contexto: «¡Desde los 14 años y tiene 93!».
79 años dan para mucho: para ver cambiar los campos, los jugadores, las categorías y, en líneas generales, la forma de vivir el fútbol; pero también para acumular una colección de recuerdos que, incluso cuando algunos empiezan a difuminarse, siguen teniendo a la Cultural como hilo conductor. Porque hubo un tiempo pretérito en el que seguir al equipo no dependía de tener dinero para una entrada: «Como eran chavales y no tenían dinero, pues debía haber unas tapias y unos árboles al lado y se subían allí para ver el fútbol sin pagar», cuenta Emilio.

La Cultural, en su caso, fue también una cuestión de familia. Matías recuerda a su hermano Emilio, que fue socio durante tantos años como él. Su hijo se encarga de establecer la diferencia entre ambos: mientras Matías era «más tranquilo», su hermano era «un poco hooligan». Una familia en la que la pasión por el club fue pasando de unos a otros: «Éramos todos de la Cultural».
Y Matías no se limitaba a los domingos. «Si podía, acudía también a los entrenamientos, a los partidillos de los jueves y a los encuentros de los juveniles», dice su hijo. Todo lo que tuviera que ver con el club encontraba un hueco en su vida y, así, durante décadas formó parte de su rutina diaria, compaginándolo con los negocios de pescadería que han acompañado a su familia a lo largo de su vida. «Si puedo, no me pierdo un partido. Si no es por alguna cosa así que sea urgente o tal, pues yo no perdía ningún partido. Iba siempre», algo que corrobora su mujer, que, tras escucharlo hablar, deja claro que «era lo que le gustaba y yo nunca le dije que no».
Una cadena familiarLa afición, además, no entendía de generaciones. Matías recuerda que su hermano mayor, maestro del pueblo, también era socio y que les contaba en casa las historias que rodeaban al equipo. Después fueron llegando los hermanos. Una cadena familiar que hizo que la Cultural no fuera solamente un equipo al que acudir los domingos, pues, más allá de los vínculos de sangre, también permitía estrechar lazos con todos aquellos «locos» que, como ellos, dejaban atrás los termómetros bajo cero para acercarse a ver el fútbol en pleno invierno: «Se hacían muchos amigos, claro».
Quizá por eso resulta difícil separar los recuerdos personales de los recuerdos de la Cultural. En su memoria aparecen jugadores de distintas épocas: Gerardo, capitán y defensa central; Manzanedo, portero; Ramonín, Ribo, Herrero, Primi, Ovalle… Nombres que forman parte de una historia que Matías ha vivido desde dentro de la grada.
Son nombres que pertenecen a distintas épocas, pero que para Matías forman parte de una misma memoria. Para eso está Emilio, al que le ha contagiado todo su amor por la Cultural, para ayudarlo a poner orden entre tantos recuerdos.
También hay partidos concretos que sobreviven al paso del tiempo. Uno de ellos, especialmente: el de aquella Cultural que llegó a ponerse 0-1 en el Santiago Bernabéu. Emilio reconstruye el recuerdo: «Hasta el minuto 75 iba ganando la Cultural 0-1». Después llegarían los goles del Real Madrid, pero durante 75 minutos el equipo leonés tuvo al alcance una de esas hazañas que permanecen para siempre y que la nueva generación de culturalistas no ha podido vivir. No muchos pueden decir que vieron a la Cultural en Primera División, en la mejor época de su historia allá por los años 1954 y 1955, pero Matías es uno de ellos.
Recuerdos de todo tipoSon recuerdos de una época que ya queda muy lejos. Tanto que el propio Matías reconoce que son «muchos años ya» y «muchas cosas que han pasado por la Cultural», aunque hay algo que no ha cambiado y es la emoción y la sonrisa al recordarlo.
No todos los recuerdos tienen que ver con los grandes días. También están las épocas difíciles, aquellas en las que el futuro de la Cultural llegó a estar en duda. Emilio recuerda los momentos en los que el club estuvo cerca de desaparecer y cómo aquello se vivió con especial angustia en casa. Para alguien que llevaba toda una vida vinculada al equipo, perder la Cultural habría significado perder también una parte de su propia historia. Ha habido descensos, algunos administrativos, épocas complicadas y momentos en los que el club llegó a estar cerca de desaparecer. Entre padre e hijo recuerdan especialmente aquellos años antes de la llegada de la Academia Aspire en los que la supervivencia de la entidad estuvo en juego. «De una cosa con tanta historia, perderlo todo... Toda la gente lo pasaba mal cuando la Cultural no ganaba. Yo me acuerdo de que se nos venían las lágrimas a los ojos».
Porque eso es, precisamente, lo que significa llevar 79 años siendo parte de un equipo. No se trata únicamente de recordar jugadores, campos o resultados, sino de haber compartido con el club una parte tan grande de la vida, hasta tal punto que sus alegrías y sus problemas terminan siendo también los propios.
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