Un centenar de jubilados de Albacete se presentaron en el Congreso a principios de 1999 para realizar una visita a la Cámara Baja, como hacen miles de personas cada año. Sin embargo, el detector de metales convirtió aquella rutinaria actividad en una anécdota que, meses después, recordó el diputado socialista Joaquín Íñiguez en una comisión: de aquel centenar de paisanos albaceteños, 60 llevaban encima una navaja. "Estos ciudadanos jubilados, que venían a ver el Congreso, desde luego no iban a cometer delitos", aclaró el parlamentario, por si hacía falta. Las navajas se quedaron en el control policial y la visita siguió, pero no siempre las armas se han quedado a las puertas.
Un centenar de jubilados de Albacete se presentaron en el Congreso a principios de 1999 para realizar una visita a la Cámara Baja, como hacen miles de personas cada año. Sin embargo, el detector de metales convirtió aquella rutinaria actividad en una anécdota que, meses después, recordó el diputado socialista Joaquín Íñiguez en una comisión: de aquel centenar de paisanos albaceteños, 60 llevaban encima una navaja. "Estos ciudadanos jubilados, que venían a ver el Congreso, desde luego no iban a cometer delitos", aclaró el parlamentario, por si hacía falta. Las navajas se quedaron en el control policial y la visita siguió, pero no siempre las armas se han quedado a las puertas.
El esperpento que se vivió este miércoles en la Cámara Baja, con la diputada del PP Ana Belén Vázquez blandiendo un bote de gas pimienta que aseguró que estaba vacío y que acabó provocando la baja de una trabajadora y que otra decena de personas fueran atendidas por intoxicación, se suma a los episodios más disparatados que han vivido las Cortes españolas en los últimos doscientos años.
Si el ambiente actual en el Congreso está que arde, con insultos diarios a voz en grito, imagínese cómo debía ser en 1934, cuando Indalecio Prieto sacó una pistola en mitad del hemiciclo. La historia, registrada en el Diario de Sesiones, ocurrió una mañana de julio. Estaba hablando José María Gil-Robles, diputado de la CEDA, cuando el parlamentario socialista Juan Tirado le llamó "farsante". Y se armó la gorda. Según Prieto, otro diputado de la CEDA le dijo a su compañero que le iba a "partir la cara" y, en pocos segundos, se montó una tangana. El presidente del Congreso, Santiago Alba Bonifaz, tuvo que suspender la sesión.
"He de deciros, señores de la minoría socialista, que se ha producido un incidente que me ha llenado el alma de amargura. He visto, como lo han visto otros señores diputados, esgrimir pistolas. Esto no es posible tolerarlo", les reprendió Alba al reanudar el pleno. A Prieto no le quedó más que confesar: "Es exacto, señor presidente, que ha salido a la luz alguna pistola, por lo menos la mía; pero desde luego, he sacado la pistola después de haber visto frente a mí otra ya fuera del bolsillo". ¿Quién era el otro pistolero? Nadie lo dijo. Prieto pidió perdón y el presidente se dio por "satisfecho".
Golpes de Estado, en pluralSe volvió a ver una pistola casi 50 años después, cuando el teniente coronel Antonio Tejero entró en el hemiciclo al grito de "¡Se sienten, coño!" y disparó al aire -45 agujeros de bala dejó el golpe de Estado en las paredes del Congreso-. Y aunque aquella irrupción es la más recordada, no fue la única vez que los militares, arma en mano, irrumpieron en la Cámara Baja.

Antonio Tejero, pistola en mano en el Congreso durante el 23F. / .
En 1854, el general Leopoldo O'Donnell lideró un alzamiento que terminó con el bombardeo del Congreso. En las crónicas se recuerda cómo una granada "reventó en el tejado del palacio del Congreso, penetraron diferentes cascos por la gran claraboya de encima de la presidencia" y "un casco fue a caer a los pies de Sagasta, que se hallaba sentado en lo alto de la izquierda". Años más tarde, en 1874, guardias civiles irrumpieron también en la Cámara Baja durante el golpe de Pavía y acabaron disparando dentro del edificio.
Las ciudades autónomasSin embargo, aquellas épocas quedaron atrás. Hay más de un diputado que tiene permiso de armas -Santiago Abascal lo ha contado en más de una ocasión-, pero a nadie se le ha ocurrido sacar un arma en el Congreso. Eso sí, Javier Ortega Smith, antiguo compañero de partido de Abascal y posteriormente expulsado de Vox, se presentó hace unos años en la tribuna de oradores con dos garfios afilados para explicar cómo escalaban los migrantes la valla de Ceuta. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, sacó tres balas para criticar la acción de la Policía también en Ceuta.
Noticias relacionadas
Y como las dos ciudades autónomas parecen llevar en ocasiones a sus señorías hasta puntos extremos, llegamos al bote de gas pimienta que Ana Belén Vázquez mostró este miércoles. "La botella de gas pimienta que ha enseñado la señora Vázquez es un arma", le espetó la presidenta, Francina Armengol. Y así, durante un anodino pleno, la diputada del PP escribió su nombre en la particular historia de las armas exhibidas en el Congreso.
Suscríbete para seguir leyendo