La ganadora del Planeta regresa al thriller histórico con ''Un hombre de honor', en la que se cruzan el asesinato de Bobby Kennedy, Vietnam y el poder de la mafia
Los negocios de la mafia y el turbio asesinato de Bobby Kennedy tras ganar las primarias en California. La profunda corrupción política y de las élites estadounidenses y la impopular guerra del Vietnam. Programas gubernamentales reales de control mental y el tenso año 1968, que deja un país sacudido. Y una joven periodista de buena familia en una redacción dominada por hombres y un policía judío en una policía atravesada por los sobornos. En Nueva York. Unidos en un caso de compleja resolución. Paloma Sánchez-Garnica (Madrid, 1962), tras ganar el premio Planeta en 2024 con Victoria, regresa a la tensa historia del siglo XX con Un hombre de honor (Planeta), una novela en la que no duda en meterse en harina con un relato repleto de hechos reales y de giros inesperados que se atreve a adentrarse en la convulsa historia reciente de un país acostumbrado a convertir sus miserias en grandes películas de Hollywood.
“Escribo para aprender y para entender mi pasado más inmediato, entender lo que somos y cómo hemos llegado hasta aquí. Y el siglo XX es el colchón sobre el que estamos. Y a través de la lectura, pero sobre todo a través de la escritura, consigo entender qué es lo que ocurrió. Cómo seres humanos como yo, corrientes, gestionan sus vidas, sus sentimientos, deciden la relación con el mundo y las leyes que les ha tocado vivir, con los principios morales que se alteran de acuerdo a las normas sociales de cada momento. Entender los sentimientos universales del ser humano a través de historias de otros como yo”, reflexiona Sánchez Garnica sobre su literatura mientras recorre con un nutrido grupo de prensa los escenarios de Nueva York que protagonizan, casi como otro personaje, su nueva novela.
Escenarios que van desde el gran estanque de Central Park a los muelles de Hoboken, en Nueva Jersey, al otro lado del Hudson, en decadencia a finales de los 60 e ideales para el tráfico de heroína de la mafia siciliana, remarca Sánchez-Garnica frente al bellísimo y algo decadente edificio de estilo beaux arts de la terminal de ferrys de Hoboken, construida en 1907 y rodeada ahora de enormes rascacielos y una cercana escultura de Jaume Plensa de 24 metros que parece pedir silencio desde el muelle mirando hacia la Gran Manzana con un dedo en los labios. El recorrido pasa también por la comisaría de Harlem donde trabaja Frank Bernstein y por la antigua redacción del New York Times, cerca de Times Square, en la que trabaja Nicole Donaldson, sus protagonistas.
“Ella es una chica de buena familia con el destino trazado para casarse con alguien de su nivel y que intenta ejercer una profesión entonces de hombres en la que las mujeres están apenas para dar una alegría. Una pionera abriendo camino”, dice la autora, que a propósito del empeño de Nicole investigando la muerte de Bobby Kennedy subraya a los periodistas presentes que “la búsqueda de la verdad, informar de lo que otros quieren ocultar, es lo que os corresponde. La libertad de prensa es fundamental, sin ella, la democracia se apaga”. Del policía Bernstein, dice que es “un hombre que tiene en la búsqueda de la verdad una forma de resistir pese a la sensación clara de estar en un sistema corrupto fácil de corromper”.
El recorrido por los escenarios de la obra incluye el restaurante Delmonico’s, en la zona de Wall Street, donde se reunían las familias ricas de Nueva York, como la del padre de Nicole, y hacían negocios como el de la guerra de Vietnam. “La guerra es un negocio, si no hubiera negocio, no habría guerra”, remarca tajante Sánchez-Garnica.

Y la guerra es un ingrediente clave de ese 1968 en EE.UU. que la autora ve como “un año magnético, de transformación brutal”. “Se produce la ofensiva del Tet por parte de Vietnam del Norte, con lo que eso provocó a ojos de la población norteamericana con respecto al papel de su país en aquella guerra tan cruel que estaban empezando a sentir a través de las pantallas de televisión. Luego, la muerte de Martin Luther King y las protestas violentísimas que provocó. Y la desesperanza de nuevo que provocó el asesinato del posible presidente, Bobby Kennedy, en noviembre, que descolocó a un sector muy amplio de la sociedad que había puesto de nuevo su esperanza en este nuevo candidato”.
“No he tratado de hacer una novela de investigación sobre el asesinato de Bobby Kennedy, he tomado un acontecimiento y lo he utilizado hasta donde me permite la ficción para ver cómo puede llegar a condicionar a las personas que lo vivieron”, explica la autora de un asesinato cuyas múltiples incógnitas, como el de JFK, aparecen en la novela basadas en las incongruencias reales del magnicidio: testimonios que se descartan o desaparecen, tiros que tendrían que haberse efectuado desde posiciones imposibles y un solo culpable, Sirhan Sirhan.
“Creo que Sirhan Sirhan no es inocente, pudo haber causado una matanza y de hecho, hirió a pesar de que se le echaron encima a cinco personas, pero no creo que el tiro de gracia que mató a Robert Kennedy 25 horas después lo pudiera hacer él. No estaba en la posición para efectuar ese disparo detrás de la oreja derecha, todos los testigos le posicionan de frente a él. Una mujer declarará que estaba sentada en el exterior, tomando el fresco, y salió una pareja muy excitada, una chica caucásica con un vestido blanco de lunares negros, y un chico con aspecto chicano gritando ‘Hemos disparado a Kennedy’. La policía ordena buscar a dos sospechosos, pero esa orden se anula inmediatamente y se centran en la versión oficial de un único tirador”.
Enemigos no le faltan a Robert Kennedy, como, dice la autora, la enemistad furibunda que tiene con Jimmy Hoffa, el poderoso presidente del sindicato de transportes con lazos con la mafia al que hizo la vida imposible y que “culpaba siempre a Bobito, como le llamaba a él”. Una mafia, remarca Sánchez-Garnica, que “hasta los años 60 estaba en todos los estamentos de la economía, los grandes negocios, los sindicatos”. “Joe Valachi rompe la omertá en sus declaraciones al Senado en 1963 y muestra por primera vez las tripas de la mafia por dentro. Hasta ese momento el poder absoluto que tenía la mafia era su opacidad. Todos eran hombres de honor y los hombres de honor mantenían la obediencia y por supuesto no denunciaban ni hablaban de lo que pasaba dentro de la organización”,
Magnicidios, guerra, corrupción. Una época convulsa social y políticamente con la que la autora ve paralelismos hoy. “Hay un desconcierto general, polarización, un estás conmigo o contra mí que no solo es culpa de los políticos, también tenemos responsabilidad los ciudadanos. Hay preguntas que se pueden aplicar tanto al 68 como a la actualidad: ¿Quién ejerce realmente el poder? ¿Quién controla la información? ¿Cuáles son los límites del Estado? ¿Qué consecuencias tiene la corrupción institucional? Y, sobre todo, qué ocurre cuando los ciudadanos dejan de confiar en las instituciones”.
“Esa retirada –reflexiona- deja un espacio que ocupa generalmente un salvapatrias. La sociedad no puede desentenderse. Tiene que estar alerta y pendiente de su propio destino. O sin darnos cuenta nos podemos ver atrapados en una situación que ni imaginamos. Tengo 64 años, siempre he vivido en paz, con crisis, pandemias, apagones, todo lo que se quiera, pero en una sociedad que ha ido evolucionando. Yo intento no retirarme, aunque muchas veces siento hastío, pero soy consciente de lo que tengo, de lo que he vivido, y me gustaría que mis hijos y mis nietos vivieran en un Estado de derecho y en un Estado de bienestar como el que tenido yo. Me preocupa que la gente joven sienta que la única manera es que venga alguien que ponga orden. Más que por mí, por los que vienen detrás, los que me siguen, mis hijos y mis nietos y su generación. Muchas veces me pregunto qué les tocará vivir”.

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