** Digger. Comedia, EEUU, 2026, 128 min. Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guion: Alejandro González Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone, Sabina Berman. Música: Cosmo Sheldrake. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Intérpretes: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Michael Stuhlbarg, Sophie Wilde.
Iñárritu es un director interesante, pero muy sobrevalorado. Por la crítica, por el público deseoso de dignificarse con un cine de autor que no le plantee muchas complicaciones, por la Academia de Hollywood y los festivales, y por los actores. La nómina de intérpretes de sus películas es “de luxe”: Gael García Bernal, Sean Penn, Benicio del Toro, Naomí Watts, Charlotte Gainsbourg, Brad Pitt, Cate Blanchett, Javier Bardem, Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Leonardo di Caprio o Tom Hardy, a los que ahora se une Tom Cruise.
Su impactante, muy valioso y muy premiado debut con Amores perros (2000), su mejor película, dio paso a una filmografía siempre ensalzada y en muchos casos premiada. Pero las posteriores 21 gramos, ya pasado a Hollywood, Babel y Biutiful -siempre aplaudidas- me resultaron decepcionantes por su forzada, no lograda y afectada o insincera (aunque esto último es siempre la cuestión más subjetiva y deslizante en una valoración) voluntad autorial. Birdman fue una brillante recuperación que decayó (siempre triunfando y siendo cubierto de premios y laureles críticos) con El renacido; y decayó aún más en su regreso a México con la grotesca Bardo (por primera vez apalizado por la crítica).
Tras este traspiés ha optado por no rectificar y continuar en esta línea de crítica llevada al siempre difícil terreno de la sátira, la caricatura y el esperpento. Forzado hasta un involuntario delirio grotesco por la hipertrofia visual de ambición kubrick-wellsiana, el exceso de verbalismo, el desmadre interpretativo o la simplificación con perfume demagógico de gravísimas cuestiones reales. Un discurso a gritos y brochazos no exentos de escatología que, a fuerza de ser ampuloso y desquiciado, cae en el vacío.
Un discurso a gritos y brochazos no exentos de escatología que, a fuerza de ser ampuloso y desquiciado, cae en el vacío
"Matar moscas a cañonazos" es una ingeniosa expresión que alude a quienes emplean medios desproporcionados para resolver cuestiones insignificantes. Iñárritu hace lo contrario: matar un león con una pistola de mistos o balas de fogueo. Y contra lo que dispara es algo mucho más peligroso que un león: al capitalismo más depredador, la destrucción de la naturaleza que conduce al fin de la humanidad por la explotación salvaje de recursos, la dictadura de los verdaderos poderes, que no son los democráticos electos, sino el magnate del petróleo protagonista de esta película, capaz de provocar una cadena de catástrofes climáticas de devastadoras consecuencias por sus perforaciones en Groenlandia, autorizadas por un presidente cadavérico, marioneta de los poderes económicos, al frente de un gobierno de títeres. Como, según la película, son todos los políticos a uno y otro lado del Atántico.
Un batido hecho con ingredientes mal calculados y peor digeridos de Ciudadano Kane (o, mejor, de Mr. Arkadin) y sobre todo de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, con toques de No mires arriba o Una batalla tras otra (aunque aquí no se cierra todo con un Slim Pickens cabalgando la bomba, porque Iñárritu da un capotazo en forma de giro de guión que podría ilustrarse con la más famosa canción de La Lupe). La crítica y la sátira se desvanecen tras el mal y enfático uso de la caricatura grotesca. Un error corriente en quienes, no careciendo de talento, creen tener más del que tienen.
En el centro, omnipresente, un Tom Cruise que cumple ese sueño de todo actor guapo de éxito cuya carrera se ha desarrollado en el cine comercial (con las excepciones de Eyes Wide Shut o del también desquiciado personaje de Magnolia) consistente en aparecer feo y gordo tras un intenso trabajo protésico interpretando un personaje repugnante (o quizás a dos) a las órdenes de un director considerado un Autor capaz de los mayores y más transgresores atrevimientos. Iñárritu no lo es. Al menos con mayúscula.
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