En una vieja página de periódico el Defensor de Granada de 30 de junio de 1935, amarillenta por el tiempo, el pintor Mariano Bertuchi confiesa algo sorprendente. «Durante décadas subió casi a diario a la Alhambra. No para contemplarla como una ruina arqueológica, sino para imaginarla viva, habitada, ‘vestida’. Veía alfombras en sus salas, personajes atravesando sus patios y una continuidad cultural que unía Granada con las ciudades del norte de Marruecos».
En una vieja página de periódico el Defensor de Granada de 30 de junio de 1935, amarillenta por el tiempo, el pintor Mariano Bertuchi confiesa algo sorprendente. «Durante décadas subió casi a diario a la Alhambra. No para contemplarla como una ruina arqueológica, sino para imaginarla viva, habitada, ‘vestida’. Veía alfombras en sus salas, personajes atravesando sus patios y una continuidad cultural que unía Granada con las ciudades del norte de Marruecos».
La entrevista, publicada con motivo de la I Exposición Hisponano-Marrroquím, celebrada en Granada durante los días 19-30 de junio de 1935, nos permite recuperar una Granada que hoy apenas recordamos: la Granada abierta al Mediterráneo, conectada con Tetuán, Xauen o Fez, y situada en el centro de una intensa red de intercambios artísticos e intelectuales.
Más allá del tópico románticoLa Granada de las décadas de 1920 y 1930 suele aparecer en nuestra memoria asociada al turismo romántico, a Washington Irving o al pintoresquismo de la Alhambra. Sin embargo, existía otra Granada menos conocida.
Era la Granada de los arabistas. La Granada de los africanistas. La Granada que mantenía un diálogo constante con el Protectorado español de Marruecos.
La ciudad recibía artistas, militares, intelectuales, arqueólogos y viajeros que cruzaban regularmente el Estrecho. Para muchos de ellos, Marruecos no representaba un mundo exótico y lejano, sino una prolongación cultural de la historia andalusí.
Bertuchi y la mirada de las dos orillasMariano Bertuchi encarnaba perfectamente esa sensibilidad.
Granadino de nacimiento y tetuaní de adopción, desarrolló gran parte de su carrera en Marruecos. Allí dirigió instituciones artísticas, impulsó escuelas de artes y oficios y promovió la conservación de la artesanía tradicional.
Su mirada era singular porque contemplaba la Alhambra desde la experiencia cotidiana del mundo marroquí.
Cuando afirmaba que siempre había visto la Alhambra «vestida», estaba diciendo algo más profundo: «que los palacios nazaríes sólo podían comprenderse plenamente si se observaban a la luz de las culturas que seguían vivas al otro lado del Estrecho».
Una Granada mediterráneaAquella exposición granadino-marroquí de la que habla el periódico no fue un acontecimiento aislado. Formaba parte de un clima intelectual en el que Granada aspiraba a convertirse en puente entre Europa y África.
En esos mismos años convivían en la ciudad: los estudios arabistas, la recuperación del legado andalusí, el interés por Marruecos, las corrientes regeneracionistas españolas, las nuevas vanguardias artísticas.
Granada era simultáneamente una ciudad provincial y una ciudad internacional. Figuras contemporáneas de aquella Granada: Manuel Gómez-Moreno, Leopoldo Torres Balbás, Fernando de los Ríos y Federico García Lorca. Todos ellos, desde ámbitos distintos, participan de una Granada extraordinariamente abierta al mundo y para más el escultor granadino José Gabriel Martín Simón fue el autor del Cartel anunciador de la Exposición y por el cual obtuvo la medalla de plata, según se recoge en la obra ‘60 años e Arte Granadino 1900-1960’, de Aróstegui Mejías y López Ruiz.
Una lección para el presenteQuizá la enseñanza más actual de aquel artículo sea precisamente esta. Bertuchi no concebía la identidad granadina como una frontera. La entendía como una confluencia. Su Granada era europea y mediterránea. Era española y africana. Era heredera del Renacimiento y de Al-Ándalus.
En una época en la que el Mediterráneo vuelve a convertirse en espacio de tensiones y encuentros, recuperar aquella visión cosmopolita resulta especialmente pertinente.
La vieja entrevista nos recuerda que hubo un tiempo en que Granada no miraba únicamente hacia Madrid ni hacia el interior peninsular. Miraba también hacia Tetuán, hacia Fez y hacia las dos orillas de una historia compartida.
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