Desde los agentes de Hitler que conspiraban contra Gibraltar hasta los hombres del KGB que vigilaban los astilleros durante la Guerra Fría, la provincia siempre ha tenido una gran importancia estratégica
En octubre de 1902 Vladímir Uliánov, líder del Partido Socialdemócrata de Rusia, luchaba contra el régimen zarista desde su exilio londinense. Había llegado a las islas británicas meses antes haciéndose pasar por un médico alemán llamado Jacob Richter. Era uno de los alias que utilizó durante su larga carrera en la clandestinidad, aunque el mundo acabó por conocerlo solo por uno de ellos: Lenin. La visita en su casa de Holford Street de un compatriota apodado La Pluma, por su prosa incendiaria y deslumbrante, fue decisiva para el futuro de Rusia. Decía llamarse Lev Bronstein, aunque se haría famoso con el apellido con que firmó unos documentos falsificados para escapar de Siberia: Trotski. Ese primer encuentro de los dos hombres cambiaría el destino de millones de personas en todo el mundo y sentaría las bases para la creación de un sistema de inteligencia del Estado capaz de infiltrarse en otros países con el sigilo con que ambos habían llegado a Gran Bretaña.
Quince años después, con los ejércitos rusos enfrascados en los combates de la Primera Guerra Mundial, la angustiosa situación del país y la falta de alimentos obligó al zar Nicolás II a abdicar en febrero y ceder el control a un gobierno provisional. En octubre, Lenin y los bolcheviques dieron un golpe de Estado y se hicieron con el poder. Sin embargo, el nuevo líder y Trotski creían que para la consolidación de ese paraíso del proletario no bastarían los discursos grandilocuentes, las promesas ni las fábricas ocupadas por obreros, sería necesario ejercer una violencia estatal contra los enemigos del régimen. Para organizar ese periodo de terror que siguió a la Revolución de Octubre, Lenin creó la Checa (VCHK) en diciembre de 1917 y nombró como su primer director a Félix Dzerzhinski, un bolchevique de origen polaco que había pasado años en prisión y en el exilio siberiano. La Checa fue el embrión de una tradición de seguridad política y servicios de espionaje que atravesaría buena parte del siglo XX. Después llegarían la GPU, la OGPU, el NKVD y, en 1954, el KGB. Las siglas cambiaban, pero la importancia concedida a la información secreta permanece intacta hasta nuestros días. De hecho, varios líderes supremos de la extinta Unión Soviética o la nueva Rusia iniciaron su carrera política en el KGB, entre ellos Andrópov o el propio Putin.
Lenin siempre tuvo claro que para que la URSS creciera hasta convertirse en la potencia soñada necesitaría de camaradas dispuestos a vivir otras vidas en el extranjero, donde al comunismo se le veía como un virus contagioso. Necesitaba espías capaces de sustraer secretos que podrían cambiar el destino de la humanidad, y la provincia de Cádiz, situada entre el Atlántico y el Mediterráneo, entre Europa y África, siempre ha sido un buen lugar para tener secretos.
Existe, además, una circunstancia que convierte a la provincia en un territorio especialmente atractivo para los servicios secretos: la concentración de intereses militares, industriales y comerciales. El puerto de Cádiz, los astilleros de la Bahía, la Base Naval de Rota, San Fernando y La Carraca, el Campo de Gibraltar y la proximidad con la colonia componen un mapa en el que cualquier potencia extranjera tiene motivos para mantener los ojos bien abiertos.
Gibraltar y sus cosasNo es una impresión literaria. El espionaje en Gibraltar y su entorno, estudiado por el historiador Julio Ponce Alberca, demuestra que durante la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial la comarca gaditana se convirtió en un escenario de operaciones de las inteligencia alemana, italiana y británica. La guerra española fue, además, un banco de pruebas para métodos que después se desarrollarían a mayor escala en el conflicto mundial.
Pero, para la historia más romántica del espionaje, son indispensables las figuras de los llamados ilegales, que podían pasar años como durmientes en diferentes países sin ser activados y sin la protección de un pasaporte diplomático.
La primera gran historia de espías de esta crónica se desarrollará bajo la mirada de otro régimen totalitario. No será la de un ruso llegado de Moscú con un nombre inventado, sino la de los hombres de Hitler que pretendieron convertir el Campo de Gibraltar en una plataforma para golpear a Gran Bretaña. España acababa de salir de una Guerra Civil devastadora. Franco proclamó la neutralidad, aunque el régimen mantenía una estrecha afinidad política con Hitler y colaboraba en distintos ámbitos con Alemania. En ese equilibrio entre la neutralidad oficial y las simpatías del poder encontró la Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán, un terreno propicio para sus operaciones.
Y el Campo de Gibraltar ofrecía una singularidad que no existía en otros lugares. La frontera con el territorio británico estaba a pocos minutos. Los trabajadores españoles cruzaban diariamente para ganarse la vida, los contactos personales se multiplicaban y las instalaciones militares quedaban al alcance de quienes conocían los accesos, los horarios y las costumbres de sus empleados.
Entre los nombres que aparecen en la documentación histórica figura el teniente coronel Eleuterio Sánchez Rubio, oficial español y falangista relacionado con la coordinación de operaciones de inteligencia en el Campo de Gibraltar. Emilio Plazas Tejera asumió responsabilidades operativas en una red de colaboradores españoles y gibraltareños que pretendía facilitar el espionaje y el sabotaje contra las instalaciones británicas.
La cifra de 183 agentes españoles y gibraltareños aparece en los informes británicos sobre aquella organización. No significa que todos fueran espías profesionales ni que todos participaran en acciones violentas. Pero el sabotaje necesitaba hombres capaces de moverse sin despertar sospechas. Trabajadores, marineros, intermediarios, personas que conocieran los muelles y que pudieran cruzar la frontera sin levantar demasiadas preguntas.
Otro de los casos documentados es el de Luis López Córdón Cuenca, detenido en Gibraltar en 1943. Fue acusado de colaborar con el enemigo y de poseer una bomba destinada a provocar una explosión en los astilleros.
La documentación británica recoge un detalle que parece escrito para una novela negra. Cuando se planteó la posibilidad de ocultar explosivos entre limones, naranjas o coles, Cuenca habría señalado que lo más sencillo era utilizar plátanos. La escena revela la naturaleza concreta, casi doméstica, de aquellas operaciones: la guerra secreta podía depender de una conversación en una calle de La Línea y de la elección de una fruta para esconder una bomba. Cuenca fue condenado a muerte en agosto de 1943. Otro joven linense, José Martín Muñoz, de 19 años, fue acusado de provocar un incendio en los astilleros de Gibraltar el 30 de junio de ese año. El fuego levantó llamas y una columna de humo visible sobre el Peñón. También fue condenado a muerte. Ambos fueron ejecutados el 11 de enero de 1944.
Entre los personajes de aquella guerra silenciosa destaca un agente al que la documentación británica identifica únicamente como NAG. Era vasco y trabajaba como conductor de camiones en los astilleros de Gibraltar. En mayo de 1943, un agente alemán intentó reclutarlo para participar en un sabotaje contra el HMS Manxman, un buque minador británico utilizado para abastecer Malta. NAG comunicó el acercamiento a los británicos y empezó a trabajar como agente doble para David Scherr, el oficial que dirigía las operaciones de inteligencia del servicio de seguridad británico en Gibraltar.
A partir de ese momento, los alemanes le entregaron material destinado a cometer atentados: explosivos y otros elementos que podían haber causado daños considerables en la base. NAG los entregaba a sus controladores británicos o los destruía. Al mismo tiempo, descubría los movimientos de otros colaboradores y ayudaba a desbaratar nuevas operaciones.
Durante meses vivió con el peligro de que cualquiera de los dos bandos descubriera su juego. Si los alemanes lo identificaban como traidor, podía pagar con su vida. Si los británicos desconfiaban de él, su utilidad desaparecía. Y mientras tanto, su familia seguía viviendo en España.
Su trabajo contribuyó a que los británicos reunieran información suficiente para presentar una protesta formal ante el Gobierno español a finales de enero de 1944. En febrero, cuando el rumbo de la guerra ya era desfavorable para Hitler, el régimen franquista proclamó una neutralidad más estricta y la operación alemana en el sur de España fue clausurada. NAG recibió en 1945 una medalla por su labor.
En el relato de David Scherr aparece también una mujer que parece salida de una novela de John le Carré. Los británicos la conocieron como la reina de corazones. Scherr describió su primera visita con una mezcla de ironía y asombro. Era una mujer de unos treinta años, con una apariencia estudiadamente seductora, que entró en su despacho, se sentó frente a él, encendió un cigarrillo y se presentó con una frase que parecía ensayada ante un espejo: “Soy la reina de corazones. ¿Quién es usted?”.
Estaba casada con un oficial de la Armada española que ejercía como capitán del puerto en uno de los pequeños enclaves de la bahía de Gibraltar. Aquella posición le permitía acceder a información relevante sobre una serie de ataques submarinos contra barcos aliados. La mujer aportó datos valiosos para investigar aquellas operaciones. Pese a esto, su identidad real no aparece en la narración pública de Scherr.
La Guerra Fría llega a los astillerosEn Cádiz, la Guerra Fría tuvo una dirección postal bastante concreta: Rota. Los acuerdos firmados entre España y Estados Unidos en septiembre de 1953 permitieron la construcción de la base naval.
La respuesta soviética no consistió necesariamente en instalar agentes con una vida clandestina de décadas. En ocasiones, los servicios de inteligencia recurrían a contactos locales, informadores, diplomáticos o personas que podían proporcionar documentos y datos sin conocer la dimensión completa de la operación. Durante la posguerra, las autoridades españolas vigilaron de manera sistemática los barcos mercantes procedentes de países comunistas que atracaban en Cádiz. El Archivo Histórico Provincial ha conservado documentación sobre el control de sus tripulaciones, las mercancías descargadas y sus movimientos en el puerto entre 1962 y 1970.
La historia adquiere un carácter mucho más concreto cuando entramos en los años finales del franquismo y los primeros de la Transición. En este periodo aparece un nombre que merece atención: José Sevillano, coronel del Cuerpo de Ingenieros y antiguo integrante de los servicios de información españoles, que relató años después sus experiencias en una entrevista publicada por El Español.
Sevillano conocía la provincia por dentro. Había participado en la construcción de la parte española de la Base Naval de Rota y estuvo destinado en el cuartel de Camposoto. Su trayectoria profesional terminó vinculada a los organismos de que precedieron al actual Centro Nacional de Inteligencia.
Según su testimonio, durante aquellos años se preocupaba por la actividad de los servicios secretos soviéticos y checoslovacos en la zona. Su cometido incluía organizar una red de información desde Marbella hasta Conil. La preocupación no era exclusivamente militar: también se vigilaba la posible influencia de los servicios extranjeros en organizaciones políticas y sindicales. El propio Sevillano relató que los agentes soviéticos llegaban con frecuencia a través del aeropuerto de Jerez. Desde allí, algunos se desplazaban a Cádiz, donde seguían una rutina que los servicios españoles habían aprendido: una visita a una agencia de viajes y, después, un desplazamiento a los astilleros de la capital. Según el coronel, los soviéticos mantenían contactos con colaboradores en la factoría y les entregaban dinero para favorecer la radicalización de determinadas protestas laborales.
El KGB y la batalla por la informaciónLa presencia de agentes soviéticos en Cádiz no se limitaba a la observación de las instalaciones militares. En el testimonio de Sevillano aparece una preocupación por la actividad de los servicios extranjeros en los astilleros y por los intentos de influir en determinados conflictos laborales.
En una investigación posterior publicada hace unos años por este diario, el antiguo responsable de información Jaime Rocha relató que los agentes del KGB se desplazaban periódicamente a la provincia. Según su versión, desde Madrid avisaban de sus llegadas y los servicios españoles los seguían hasta sus reuniones y desplazamientos por la Bahía. El objetivo era conocer sus contactos y determinar qué información buscaban.
En ese sentido, la realidad de los servicios secretos se acerca mucho más a la novela de infiltración que a la aventura de acción. La operación decisiva puede empezar con una pregunta aparentemente insignificante.
La base de Rota ha cambiado desde los años cincuenta pero hoy día todavía sigue siendo esencial para la defensa norteamericana a este lado del Atlántico, como lo demuestra que esta misma semana haya llegado el sexto destructor del escudo antimisiles en plena escalada bélica en Ucrania.
El espía perfecto, si alguna vez existió, sería aquel del que no quedó una sola prueba. El problema es que, sin pruebas, tampoco podemos saber si fue perfecto o si sencillamente nunca estuvo allí.
Y en esa frontera entre lo que ocurrió y lo que todavía no sabemos se encuentra, quizá, el mayor secreto de todos: Cádiz ha sido escenario de una guerra invisible, pero la historia de quienes la libraron aún está lejos de haberse contado por completo.
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