Hay un verbo que ha hecho una carrera política meteórica sin presentarse jamás a unas elecciones: constatar.
Es un verbo cómodo, casi mullido. No moja, no compromete y, sobre todo, no obliga a “doblarla mucho”. Uno constata como quien pasa por delante de un escaparate: mira, asiente y sigue caminando como si acabara de hacer algo importante. ¿Qué exactamente?
Los verbos nos delatan, y he acabado convencido de que asistimos a la expansión de una nueva especie política: el Homo constatans. Se le reconoce porque suele aparecer cuando las cosas ya están hechas.
Un edificio histórico en restauración, un comercio centenario, una asociación que lleva media vida trabajando sin un micrófono delante, una iniciativa vecinal que ha sobrevivido a gobiernos y cambios de despacho, o una comparecencia convocada para hablar de una cosa y aprovechada para hablar de otra. Ahí aparece. Siempre constatando.
Su gran virtud: sabe llegar justo a tiempo. Ni demasiado pronto, cuando todavía hay polvo y nadie sabe si aquello saldrá bien, ni demasiado tarde, cuando ya se ha marchado la prensa y solo queda el bedel cerrando la puerta. Y sabe cuándo no aparecer: hay ausencias que se preparan con la minuciosidad de una inauguración, y agendas que se vacían justo el día en que toca dar la cara ante un problema.
Es un arte. Lo difícil nunca se ve: son años de trabajo que no salen en ninguna foto. Constatar, en cambio, solo exige presencia y cámara en mano.
Ahí va un trabalenguas: el pueblo está constatado, ¿quién lo desconstatará? El desconstatador que lo desconstate, buen desconstatador será. Pero ni constatado ni desconstatado, al pueblo lo sacan adelante los que siguen a lo suyo: trabajar, insistir, esperar, llamar y volver a llamar cuando nadie abre. Ni salen en las fotos ni, para ser justos, las buscan mucho.
Y no, el Homo constatans no está en peligro de extinción: con las urnas ya convocadas, entra en temporada de máximo avistamiento. Tiene futuro, porque en política hay verbos que cuestan un esfuerzo tremendo, y luego está constatar. Y no crean que es cosa solo de quien gobierna. Quien no gobierna tiene su propia versión: acudir al lugar del fracaso, hacer la foto, decir que es un escándalo y marcharse. De la propuesta, ni rastro. Constatar el problema también sale más barato que resolverlo.
Pero no seré yo quien lo juzgue; me limito a constatarlo por escrito y sin foto. Ellos constatan, luego existen. Yo prefiero contrastar.
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