Entre los muchos alicientes de este otoño cordobés, lleno de ofertas que colman todos los sentidos, llama la atención, por su alto valor artístico y su delicadeza, la exposición que hasta el 5 de noviembre puede visitarse en la Sala Mateo Inurria de la Escuela de Arte y Superior de Diseño cordobesa. Vázquez Díaz. Dibujos es su título, y encierra un pequeño tesoro: 36 dibujos del gran pintor onubense, uno de los más influyentes en la creación plástica española de la primera mitad del siglo XX. La muestra, comisariada por Miguel Clementson Lope, director del centro y uno de los mayores dinamizadores culturales de la ciudad, ha sido posible gracias al buen hacer y la generosidad de un personaje que destaca sin quererlo, Rafael Botí Torres, hijo del discípulo preferido de don Daniel, que ha cedido las obras para la ocasión. Botí hijo, aunque madrileño de nacimiento, sigue vinculado a Córdoba por lazos de sangre y propia voluntad, y aunque sus 96 años le impiden ya regresar salvo con el corazón y los sueños, no cesa de mantenerse fiel a sus querencias en la distancia.
Entre los muchos alicientes de este otoño cordobés, lleno de ofertas que colman todos los sentidos, llama la atención, por su alto valor artístico y su delicadeza, la exposición que hasta el 5 de noviembre puede visitarse en la Sala Mateo Inurria de la Escuela de Arte y Superior de Diseño cordobesa. Vázquez Díaz. Dibujos es su título, y encierra un pequeño tesoro: 36 dibujos del gran pintor onubense, uno de los más influyentes en la creación plástica española de la primera mitad del siglo XX. La muestra, comisariada por Miguel Clementson Lope, director del centro y uno de los mayores dinamizadores culturales de la ciudad, ha sido posible gracias al buen hacer y la generosidad de un personaje que destaca sin quererlo, Rafael Botí Torres, hijo del discípulo preferido de don Daniel, que ha cedido las obras para la ocasión. Botí hijo, aunque madrileño de nacimiento, sigue vinculado a Córdoba por lazos de sangre y propia voluntad, y aunque sus 96 años le impiden ya regresar salvo con el corazón y los sueños, no cesa de mantenerse fiel a sus querencias en la distancia.
Los dibujos que ahora se exhiben, construidos con líneas escuetas y volúmenes esenciales, fueron vistos hace unos meses en Torrelodones, localidad donde Botí y Dely, su esposa, han tenido segunda residencia. Después podrán contemplarse en el Museo Garnelo de Montilla como primer paso de un deseado itinerario por la provincia, aún por confirmar. Tienen además el atractivo de ser las últimas piezas de una gran colección particular, de la que Botí –hijo único y sin herederos- ha ido desprendiéndose con la dadivosidad que le caracteriza. Porque igual que ha vivido por y para divulgar y poner a buen recaudo la obra del padre a base de donarla, sobre todo a la fundación que lleva su nombre, paralelamente se echó a la espalda la tarea de rescatar del silencio el legado del que, en palabras de Clementson para el catálogo de la exposición, fue «uno de los artistas más consecuentes y determinantes de nuestro país».
De modo que no solo invirtió esfuerzo y recursos en adquirir la obra dispersa de Rafael Botí Gaitán, aquel pintor que combatía la nostalgia de su tierra plasmándola en lienzos llenos de color y candor, sino que hizo lo mismo con la del que fue su admirado maestro desde los años veinte del pasado siglo. Como coleccionista y mecenas, Botí Torres compró a los Vázquez, hijo y nieta de quien importara los planteamientos cubistas desde París, prácticamente todo lo que conservaban de don Daniel, poco interesados como al parecer estaban en seguir guardándolo. Una parte importante de este conjunto la regaló al Museo de Nerva, ciudad natal de Vázquez Díaz; y en el lote iban incluidos los últimos once estarcidos (dibujos preparatorios) que le quedaban de los famosos murales en torno a Colón para el monasterio de la Rábida, encargo con el que alcanzó su aspiración de integrar la pintura en un espacio arquitectónico. Y recientemente ha donado otros cuadros a la Fundación Carlos de Amberes.
Con todo ello Rafael Botí Torres, hombre de lealtades a prueba del tiempo y sus desvíos, entiende que paga una deuda de gratitud hacia la figura, hoy bastante olvidada, de aquel maestro de las vanguardias que, en el Madrid de 1919, abrió su taller y luego su cátedra en la Escuela de Bellas Artes a un grupo de jóvenes inconformistas y críticos con la corriente oficialista. Entre ellos brilló un alumno cordobés para el que la vida era «solo un pretexto para pintar», que es lo que afirmó sobre su maestro. El roce profesional derivó en una muy estrecha relación entre las dos familias -veraneaban juntas en Fuenterrabía- y en una amistad de la que es fruto la exposición de la Escuela Mateo Inurria. Un regalo para los sentidos y la memoria.