El asesinato de una estudiante de la Universidad de Granada en Morelos ha reavivado en la sociedad española la idea ampliamente arraigada, no sin sobradas razones, de la “violencia mexicana”. John Reed (1887-1920), el célebre periodista norteamericano que cubrió sobre el terreno tanto la revolución mexicana como la rusa, describió en el libro México insurgente un mundo de violencia primigenia. En los seis meses que Reed estuvo como corresponsal en el país mexica no se anduvo con rodeos a la hora de describir el estado de violencia existente. En una ocasión le pregunta al jefe insurgente Pancho Villa si son ciertas las noticias que corren sobre las violaciones de mujeres que comete su ejército, y este le contesta que él no lo ha desmentido. Retorciendo el argumento y llevándolo a lo personal, le devuelve la pregunta: ¿él conoce si Villa ha violado a alguna mujer? Es decir, que sabedor de que la violencia es real, el bandido con fama de Robin Hood, durante veintidós años echado al monte, devenido en 1913 general de tropas revolucionarias, no niega la realidad, pero la administra sabiamente. No de otra forma parece querer insinuarle el insurgente a Reed que se puede sobrevivir en desiertos y sierras agrestes. En oposición a ese estado de cosas el escritor da cuenta de los sueños pacifistas de Pancho Villa: “Cuando se establezca la nueva república, no habrá más ejército en México. Los ejércitos son los más grandes apoyos de la tiranía. No puede haber dictador sin su ejército. Pondremos a trabajar al ejército”. Su plan tiene visos de ser concreto: tres días en semana los soldados trabajarán como obreros en tierras agrícolas y en industrias. Ensueños, pues.
Existen unas fotos inquietantes en el restaurante Sanborns (fundado en 1903), en la Casa de los Azulejos, en Ciudad de México. Mientras el comensal degusta ahora en otoño en la barra zigzagueante unos deliciosos chiles en nogada, que reproducen los colores de la bandera mexicana, puede sentirse observado desde dos grandes fotografías colgadas de las paredes. Son las miradas penetrantes dirigidas al observador de las tropas de Emiliano Zapata que, habiendo entrado a caballo en diciembre 1914 en la ciudad, tal cuales, con sus armas, pintorescos trajes y rostros ennegrecidos, se han ido a almorzar al lujoso restaurante. La delicada camarera, con su uniforme de señorita endomingada, los observa con asombro y temor.
El enigma de la violencia mexicana sigue golpeando a los analistas. Hay quien quiere ver algo de esto en el pasado. La flor letal de Christian Duverger es un libro mal visto en México, que expone el problema de los sacrificios humanos en el período azteca. Mal considerado porque el reconocimiento de su existencia, para los más nacionalistas, sirvió de justificación para la conquista. Sin embargo, el muralismo de Rivera y Orozco de los años veinte y treinta proyectándose hacia el futuro socialista arranca de la violencia primigenia de la plutocracia que oprime al pueblo. Ahora bien, entre los sacrificios y la opresión sigue habiendo algo enigmático. Como señalaba Pedro Páramo, el personaje de Juan Rulfo, que habitaba entre los fantasmas del México rural: “Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo”.
Esta vez estuve en Ixtlahuaca, al norte del Estado. Nos alojaron en el rancho que fue de Mario Moreno Cantinflas. No lejos se vislumbraba la figura grandiosa de un volcán. Encerrados allá todo parecía fantástico. Cantinflas había preparado una sala para sus fiestas, que disfrutamos tomando tequila y cantando. Mas se me ocurrió salir a visitar los alrededores. Al llegar a la iglesia colonial la puerta estaba ornada con carteles de desaparecidos, muchos. Me hice cargo.
En la Alameda de México vi desfilar ante el edificio modernista de Bellas Artes a los zapatistas que exigían el retorno de sus encarcelados y secuestrados: “Los queremos vivos”, vociferaban. Esto del asesinato de estudiantes no es nuevo. De hecho, todavía no se sabe el fondo de la matanza estudiantil de Tlatelolco, en la que murieron balaceados más de trescientos jóvenes en 1968. México, en términos psicoanalíticos, tiene un problema oscuro con su yo nacional que se llama violencia.
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