Hay personajes que no saben quedarse quietos. Dolores Redondo (San Sebastián, 1969) lo sabe bien: los suyos, además, suelen guardar secretos inquietantes. Hace 13 años abrió las puertas del valle del Baztán y dejó entrar a millones de lectores en una geografía de bosques, enigmas y crímenes. La trilogía que arrancó con El guardián invisible la convirtió en un fenómeno editorial y llevó su particular mezcla de misterio y mitología mucho más allá de nuestras fronteras. Después llegó el Premio Planeta de 2016 por Todo esto te daré, también distinguida con el Bancarella italiano. Pero Redondo nunca ha abandonado esa costumbre de mirar donde otros prefieren no hacerlo. Ahora publica Todas las noches, todas las ciudades, una historia en la que Benedict Newman, un novelista investigado por crímenes idénticos a los de su último libro, despierta convencido de ser el detective que él mismo inventó. Su hija, Nash Elizondo, tendrá que lidiar con él. Cercana y sonriente, la escritora habla con el sosiego de quien mide cada palabra: a veces guarda silencio, busca la idea exacta y, sólo entonces, ojo, responde. "No me gusta el relleno, intento que cada capítulo sirva para algo", apunta. Años después de su irrupción en las librerías, conserva intacta la habilidad de atrapar a quien se asoma a sus páginas. Lo difícil, como siempre, claro, es escapar de ellas.Seguir leyendo....
Hay personajes que no saben quedarse quietos. Dolores Redondo (San Sebastián, 1969) lo sabe bien: los suyos, además, suelen guardar secretos inquietantes. Hace 13 años abrió las puertas del valle del Baztán y dejó entrar a millones de lectores en una geografía de bosques, enigmas y crímenes. La trilogía que arrancó con El guardián invisible la convirtió en un fenómeno editorial y llevó su particular mezcla de misterio y mitología mucho más allá de nuestras fronteras. Después llegó el Premio Planeta de 2016 por Todo esto te daré, también distinguida con el Bancarella italiano. Pero Redondo nunca ha abandonado esa costumbre de mirar donde otros prefieren no hacerlo. Ahora publica Todas las noches, todas las ciudades, una historia en la que Benedict Newman, un novelista investigado por crímenes idénticos a los de su último libro, despierta convencido de ser el detective que él mismo inventó. Su hija, Nash Elizondo, tendrá que lidiar con él. Cercana y sonriente, la escritora habla con el sosiego de quien mide cada palabra: a veces guarda silencio, busca la idea exacta y, sólo entonces, ojo, responde. "No me gusta el relleno, intento que cada capítulo sirva para algo", apunta. Años después de su irrupción en las librerías, conserva intacta la habilidad de atrapar a quien se asoma a sus páginas. Lo difícil, como siempre, claro, es escapar de ellas.
P. El título tiene algo de evocador e inquietante. ¿Qué tiene la noche que la convierte en un territorio fértil para nuestros miedos?
R. Es un título clarísimo de novela negra porque el personaje central es un detective clásico, pero también por todo lo que está sucediendo alrededor del escritor: no sabe dónde está, ha perdido su brújula. Y, para ello, he optado por crear una ciudad que no se identifica, pero que bien podría ser Madrid, Berlín, París…
P. ¿Fue primero el personaje del escritor que pierde su identidad o la investigación criminal?
R. La idea viene del proyecto inicial: la novela que arranca en Bilbao. Era la historia de Nash y el proceso que enfrenta para localizar a su padre. Ahora bien, lo que le ocurre a Benedict surge de una experiencia personal. Estaba en Elizondo, donde suelo situar mis historias. Y, de repente, tuve un recuerdo de mi infancia: me vi paseando por la calle que me llevaba hasta el colegio. Ese recuerdo no es mío, sino de mi personaje. Jamás viví allí cuando era pequeña. Eso me desconcertó bastante: ¿hasta qué punto estaba invadiéndome la ficción? Esto me llevó a preguntarme quién creeré ser en el futuro: ¿Dolores Redondo o Amaia Salazar? ¿Qué le diré a mis cuidadoras? Me dio cierto miedo aquella situación. Así que empecé a investigar si esto le había ocurrido a otras personas. Béla Lugosi, por ejemplo, murió pensando que era el conde Drácula tras interpretarlo. Entonces, lo consulté con mi editor y me comentó que Miguel Delibes también lo vivió. Por ello, precisamente, he incluido el discurso que dio en el Premio Cervantes de 1993.
P. Tras sufrir un colapso, Benedict Newman despierta convencido de que es Colt Star, el detective de sus novelas. Y, paradójicamente, este personaje parece comprender mejor los crímenes que el propio escritor. ¿Qué quería explorar con esta inversión entre creador y criatura?
R. Me interesaba bastante el trastorno mental que padece. Curiosamente, afecta a más gente de la que pensamos, aunque suele darse en episodios cortos. Es el caso, por ejemplo, de las personas mayores que se despistan puntualmente y, al rato, tras darse cuenta de la confusión, regresan. Pero también sucede cuando alguien ha atravesado traumas severos, como los infantiles. Y, por último, existen razones neurológicas provocadas por el consumo de tóxicos. Por tanto, el cerebro puede patinarnos en cualquier momento y creernos ser otra persona. Sin olvidar que también es una condición que puede falsearse. Las enfermedades físicas son difíciles de fingir, pero las mentales no.
P. Conoce bien el tema.
R. Cuando sientes tanto interés por algo, buscas expertos que te expliquen todo lo que saben. Primero, un neurólogo. Después, un psiquiatra. Yo no soy médico y necesitaba que un experto me contase qué le estaba pasando a mi personaje. Y, a partir de ahí, me planteé situaciones que me han ayudado a dirigir la trama. Tengo que entender bien cada detalle para defenderlo luego sobre el papel. Estoy hablando de una enfermedad real y, por tanto, claro, no puedo cometer errores. Estoy muy agradecida a cada uno de los profesionales a los que he pedido ayuda.

'Todas las noches, todas las ciudades' es el último libro de Dolores Redondo. / ALBA VIGARAY
P. ¿Alguno de sus personaje ha llegado a condicionar su manera de pensar?
R. Sí. Escribo sobre crímenes y asomarme a ellos te condiciona. No puedo llegar a la sima de Legarrea, donde ambiento Las que no duermen NASH, mi anterior libro, y observar sólo la belleza que hay en ella. Me imagino cómo arrojaron a aquella madre con sus hijos y se me pone la piel de gallina. En la trilogía del Baztán, por su parte, una secta asesinó presuntamente a una bebé. Y, al tiempo, uno de sus miembros se puso en contacto con Cruz Morcillo, la periodista que dio la noticia, para entrevistarse con las dos y contarnos su versión. Lo rechacé. No quiero cruzármelo algún día en el supermercado mientras hago la compra con mi hija. Me da igual su grado de participación, que se lo cuente al juez. Hay una frontera entre realidad y literatura que no estoy dispuesta a pasar. No soy policía ni quiero jugar a serlo.
P. En nuestra sociedad parece existir una obligación moral de querer y cuidar a nuestros padres, incluso cuando las relaciones han estado marcadas por el sufrimiento. Tal y como sucede con Nash y Benedict. ¿Seguimos teniendo dificultades para aceptar que no todas las familias son lugares seguros?
R. Todos entendemos que la familia debería ser un refugio. Pensar lo contrario es destruir una atalaya que creíamos inquebrantable, pero hay casas en las que no estaríamos a salvo. La identidad es el gran hándicap de esta era: estamos buscando todo el tiempo quiénes somos.
P. En sus primeras novelas, la mitología y la naturaleza tenían un peso fundamental. Ahora, en cambio, parece explorar otros misterios, más relacionados con la mente y la identidad. ¿Ha cambiado su forma de entender el miedo a lo largo de su carrera?
R. Esta semilla siempre ha estado presente. En el caso de Amaia, ella decide regresar al lugar donde nació para afrontar una investigación. Y eso le hace enfrentarse a su familia y sus miedos. En cada historia, me pregunto cuánto pesa el apellido, la sangre, el lugar… Hay personas que no saben quiénes son sus padres e invierten toda su vida en obtener respuestas. Para ellas, es esencial saber dónde nacieron. Una búsqueda que se vuelve una tortura muchas veces.
P. ¿Qué le da miedo hoy?
R. Que las escaladas que estamos sufriendo vayan a más. Me da terror ver cómo se está tensando la cuerda y que, un día, sin esperarlo, nos veamos envueltos en un conflicto bélico y que mi marido pueda morir en la trinchera de una localidad cuyo nombre no sabes ni pronunciar. Me preocupa acabar en una guerra.

Nash Elizondo y Benedict Newman son los protagonistas de la última novela de Redondo. / ALBA VIGARAY
P. Estamos en precampaña de unas elecciones generales y el debate social está especialmente polarizado. Usted se ha dedicado a encontrar lo peor del ser humano en sus novelas. ¿Hay algo de la política actual que le parezca digno de una novela negra?
R. Yo me dedico a miedos más generales porque tienen una parte más bella. Al final, la mitología es la respuesta a todo aquello que no sabemos responder. Tendrías que preguntarle mejor a Alicia Giménez Bartlett, ella sabe bastante sobre el tema.
P. En una entrevista de 2011 decía que era una entusiasta de la brevedad. 15 años después ha publicado un libro de 752 páginas. ¿Sigue siendo igual de exigente que entonces?
R. Me molestan los discursos huecos, así como el uso de tecnicismos para inflar una frase. Por eso trabajo tanto la documentación: me gusta simplificarla para que todo el mundo pueda entenderla.
P. ¿Cuánto tiempo se tarda en escribir una novela como ésta?
R. Cuatro años y medio.
P. En una época en la que el true crime convierte a muchos asesinos en protagonistas, usted ha defendido la importancia de mirar hacia las víctimas. ¿Cree que estamos convirtiendo el crimen en un espectáculo?
R. El foco siempre debería estar sobre las víctimas y no en lo escabroso del crimen. Lo que realmente me fascina es cómo podrían haberse evitado. A lo largo de estos años, me he planteado cómo reducir el número de asesinos en el mundo. Por un lado, podría lograrse contribuyendo a que la gente tuviera un relato interno potente, lo que aumentaría la tolerancia hacia sí mismos y los demás. Y, por otro, preservando la infancia de las nuevas generaciones. Si fuéramos capaces de criarlas en paz, sin hambre y con una educación plena, reduciríamos la violencia.

Dolores Redondo
Destino
752 páginas | 23,65 euros