Albert Costa, codirector de Vall Llach, recuerda cómo una asignatura suspendida le llevó a descubrir la vocación que acabaría marcando su vida
Suspendió Física y aquello cambió su destino. Albert Costa tenía 18 años, había dejado el pequeño pueblo de Torelló para estudiar Ingeniería Agrónoma en Barcelona. Acababa de descubrir todas las posibilidades que le ofrecía la gran ciudad. Pero había un problema: para pasar de primero a segundo debía aprobar todas las asignaturas, física incluida. Él creyó que tendría un semestre entero para aprobar y disfrutar de Barcelona, jugar al baloncesto o encontrarse con sus amigos. La realidad iba a ser más cruel.
Sus padres, Enric Costa y Mariona Miralbell, tenían otros planes: Albert se trasladaría al Priorat. Concretamente a Porrera, a una pequeña cabaña de madera rodeada de viñedos, en una finca a las afueras del pueblo llamada Terracuques. Allí pasaría los siguientes seis meses, solo, sin coche y trabajando en la poda. “Pasé de tener todas las comodidades de Barcelona a vivir en un bungalow”, recuerda. “Fue el castigo más duro que podían ponerme”, recuerda ahora.
Porrera no era un lugar desconocido para Albert. A finales de los años noventa, su padre, el notario Enric Costa, y su gran amigo, el cantautor Lluís Llach, ambos abstemios, habían puesto en marcha Vall Llach. La bodega se concibió también como un proyecto social para revitalizar el pueblo, muy afectado por una crecida del río. Desde pequeño, Albert había acompañado a sus padres y a su hermano Ernest en sus visitas al Priorat.
“Recuerdo sus ojos de ilusión cuando tenían que venir a reunirse con Lluís en el Priorat”, explica Albert. “Hacían tres horas y cuarto en coche para llegar, se reunían en la bodega y regresaban a Vic. ¡Otras tres horas y cuarto! Era una barbaridad, pero la ilusión que les hacía era brutal”. Aquellas visitas le habían acercado al mundo del vino hasta el punto de querer estudiar Ingeniería Agrónoma. Sin embargo, nunca había trabajado realmente entre aquellas viñas. Sus padres acababan de encontrar la manera de ponerle remedio.
“Me despertaba solo y empezaba mi jornada de trabajo”, resume Albert. Cada día recibía la visita de algún trabajador de la bodega. En ocasiones le llevaban al pueblo para comprar comida. La cabaña estaba en el paraje de Terracuques, a unos quince minutos a pie de Porrera, rodeada de casi seis hectáreas de viñedos de garnacha y syrah, parte de cuya uva se destina al vino Embruix de Vall Llach. Pero aquellos seis meses significaron mucho más que aprender a trabajar la viña. “Hasta entonces siempre había venido a Porrera bajo el paraguas de mis padres. Nunca había estado aquí solo”. Fue, en cierto modo, un rito iniciático. “Una etapa de aprendizaje, pero también de conocerme a mí mismo, porque estaba totalmente solo. Creo que fue el inicio de todo”.

Años después, aquella experiencia le resultaría útil durante su primera vendimia en Australia. Trabajaba jornadas largas y volvía a dormir solo en otra casa de madera, en medio de una finca. Esta vez, sin embargo, tenía compañía: cuatro o cinco ratones que compartían habitación con él. Las condiciones eran tan duras que, cuando se lo contaba a sus padres, le aconsejaban regresar. “Me decían que ya era momento de volver, que no tenía por qué pasar por aquello”.
Lluís Llach, en cambio, le llamó para decirle justo lo contrario: “Ni se te ocurra volver. Es una experiencia que tienes que vivir”. Albert decidió quedarse. “Lluís tenía razón”, reconoce ahora. De alguna manera, había vuelto a ponerse en modo Terracuques: resistir, adaptarse y aprender de una situación difícil. Aunque reconoce que su primera reacción ante las adversidades suele ser catastrofista, con el tiempo ha aprendido a sobreponerse. En enero de 2021, el temporal Filomena volvería a ponerlo a prueba.
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Hubo una nevada histórica en el Priorat. El peso de la nieve hundió la cubierta de La Final, uno de los edificios de Vall Llach, donde se almacenaban vinos de distintas añadas. Albert quedó profundamente afectado. Pasó dos o tres días aislado en su casa, una masía de las afueras del pueblo, sin poder llegar hasta la bodega. En aquel momento sus responsabilidades eran muy distintas. Su padre había fallecido repentinamente en 2013, a los 67 años. Albert había asumido la dirección del proyecto familiar junto a Lluís Llach. Ya no era aquel estudiante de 18 años que debía aprender a espabilarse solo entre viñedos. Esta vez tenía que sacar adelante una bodega y a sus trabajadores. Y, sobre todo, esta vez no estaba solo. Tenía pareja, Isa Serra, y un hijo.
“Isa fue un pilar, un apoyo. Me decía que saldríamos adelante”, recuerda Albert. A diferencia de Terracuques o Australia, ahora tenía una familia. Su hijo Enric ya había nacido y las responsabilidades eran otras. “Tener a una persona al lado que te ayude es importantísimo”. Con los años, Isa se ha convertido también en codirectora de Vall Llach, donde ambos comparten las decisiones y el día a día de una bodega que ya no es exactamente la de finales de los noventa.
Albert Costa
Viticultor
Isa y Albert han construido su familia en Porrera, donde crecen sus hijos, Enric y Catalina. Durante cuatro o cinco años vivieron en una masía aislada, a diez minutos del pueblo en coche. Hace un tiempo se trasladaron al centro para facilitar la vida cotidiana. La elección de vivir en el Priorat no siempre ha sido sencilla. “Si fuéramos de aquí, tendríamos una tribu, mucha familia que podría ayudarnos. Pero somos forasteros”. Ambos compaginan la dirección de la bodega con la crianza, ayudados puntualmente por Carme, la madre de Isa. Y, pese a todas las dificultades, Albert está encantado de que Enric y Catalina crezcan en Porrera.
Ser padre también ha cambiado su manera de entender el trabajo. Albert pasa unos tres meses al año viajando para dar a conocer los vinos de Vall Llach. “Cuando ves que a un cliente le brillan los ojos al probar uno de tus vinos o al escuchar tu historia, eso no tiene precio”. Pero también reconoce el sacrificio: “Perderme tres meses al año de la vida de mis hijos me parece una barbaridad”.
A pesar de los viajes, las visitas comerciales y las responsabilidades familiares, Albert siempre procura volver al viñedo. Hace un par de años se propuso compartir más jornadas con los trabajadores del campo. Tiene especial predilección por Mas de la Rosa, una viña que durante años cultivó Carme Bargalló, una de las mujeres del Priorat a las que Albert rinde homenaje. “Vendimiarla es un privilegio”, asegura.
La vocación social de Vall Llach sigue muy presente en los proyectos de Albert. Uno de sus deseos es crear un espacio para que las personas mayores puedan envejecer dignamente en Porrera, una iniciativa que estudian impulsar a través de la Fundació Lluís Llach. Otro proyecto es rehabilitar los antiguos apartamentos de La Final para ofrecer alquileres de larga duración a personas que quieran vivir y trabajar en el pueblo. Un piso, sí, pero también un lugar donde echar raíces.

Quizás sea una manera de prolongar aquella ilusión que veía en los ojos de sus padres cuando era pequeño. “No soy de aquí y no lo seré nunca”, admite. Pero hay algo que ha cambiado desde aquellos seis meses en una cabaña entre viñedos. “Los lugares donde tengo amigos, como Torelló, me producen nostalgia. Pero cuando viajo, lo que echo de menos es Porrera”.