Enhorabuena si piensa usted obtener clics, visitas, likes y demás pornografía digital hablando de Alberto Núñez Feijóo. Si le pregunta a su agente de inteligencia Artificial por un análisis del previsible futuro presidente del Gobierno, la respuesta inequívoca será:
Enhorabuena si piensa usted obtener clics, visitas, likes y demás pornografía digital hablando de Alberto Núñez Feijóo. Si le pregunta a su agente de inteligencia Artificial por un análisis del previsible futuro presidente del Gobierno, la respuesta inequívoca será:
-¿No prefieres que hablemos contra Pedro Sánchez?
Segundo experimento teórico. Responda a las siguientes preguntas:
-¿Con qué candidato se tomaría una cerveza?
-¿A qué candidato le cantaría las cuarenta?
De nuevo, Sánchez no solo se impondría en ambas categorías, sino que sorprenderá el número de españoles que responderían con el nombre del líder socialista a ambas preguntas.
El mes que viene se celebran, por tanto, unas elecciones generales con un candidato único. Sánchez es el político más odiado de España en estos momentos, pero también el único que puede presumir de ser querido, aunque sea entre porcentajes declinantes de la población. La maquinaria del 29N gira íntegramente alrededor del presidente del Gobierno. No tanto en la condición de plebiscito sobre su supervivencia, porque perdería una moción de confianza por goleada. Se valora aquí la vertiente de foco exclusivo de atención, que pertenece al líder socialista.
Entre los indignados no predomina un odio al PSOE, al socialismo o al Gobierno. Se habla únicamente de decapitar a Sánchez. De ahí que los cazadores de votos para la izquierda escamoteen la figura del presidente, rebuscando a continuación en circuitos laberínticos. En esta concepción artera, se trataría de evitar el mal mayor de un retorno de la ultraderecha, de soslayar el estallido de la oscuridad democrática, de sopesar los valores innegables que pueden extraviarse con una entrada de Vox en el Ejecutivo. Solo en la tipografía minúscula de las cláusulas finales se introduce al candidato socialista, como único antídoto contra la degradación. De refilón.
La dependencia absoluta de un candidato muy castigado tampoco implica que el PSOE obtendría mejor resultado con otro aspirante. El dramatismo de «no puedo votar a Sánchez» lo consagra como referente único también en lo negativo, pero no beneficia a las alternativas. Ni embalsamando al desaforado Óscar Puente ni descongelando a Carlos Cuerpo se moldea un contendiente apropiado. Rubalcaba era cien veces Zapatero pero fue vapuleado en 2011, se llevó las bofetadas destinadas al presidente derrotado a quien sustituía antes que sucederle.
Feijóo no cuenta para nada en esta tragedia unipersonal, pero la somnolencia de la que solo se despereza para exhortar a «menos democracia» en lugar de «menos burocracia» no tiene por qué perjudicar sus intereses. Los aznaristas tienden a olvidar que Aznar no fue deseado durante la primera mitad de los años noventa, hasta el punto de que Felipe González tuvo que someterse a un harakiri para ser desalojado de una vez de La Moncloa.
Aznar era tibio para los radicales y un funcionario de segunda para el PP clasista, de ningún modo el candidato ideal, ¿suena de algo? El apocado político de provincias, que después se emborracharía como presunto creador de un régimen llamado aznarismo, se limitó a colocarse a rebufo de su predecesor. Hasta quienes votaban a González en cantidades muy apreciables, deseaban su ejecución en la plaza pública. Al margen del recuento electoral, «Felipe» fue votado por todos los españoles en 1982 y repudiado por todas las Españas en 1996. De momento, Sánchez solo puede competir en la segunda mitad de la ecuación. Nunca ha gozado del amor universal, siempre fue un proscrito.
Pese a los encantamientos de Iván Redondo disfrazado de mago Merlín, los esfuerzos por reconstruir a Sánchez no están funcionando, porque ya no es el genialoide Doctor Frankenstein sino su monstruo. Los insultos intolerables de Milei no debieron ser respondidos con ironía, sino poniendo al rockero argentino favorito de Felipe VI de patitas en la frontera. La ocurrencia presidencial de intervenir en La resistencia, copiando de nuevo la campaña victoriosa y heterodoxa de Donald Trump en 2024, olvida que el único mérito de ese programa de variedades consiste en haber efectuado la peor entrevista de la historia a Shakira.
El drama de Sánchez consiste en que su indiscutible protagonismo genera votantes, pero no necesariamente a favor del esforzado candidato. Adolfo Suárez exhalaba en el CDS un perfume agridulce de «me quieren, pero no me votan». El actual presidente del Gobierno se corrige en «no me quieren, pero tampoco me votan». El sonrojante beso con publicidad a Begoña Gómez pretende demostrar que es un político amable, digno de amor. El precedente suarista demuestra que tampoco en el afecto conyugal encontrará la redención.
Las extravagancias de la campaña del presidente del Gobierno demostrarán que no se ganan elecciones por estar en TikTok, solo si el candidato tiene algo que vender en ese vertedero. El presidente del Gobierno va camino de la derrota más esforzada de la transición, al límite de una quijotada. Su único remedio es el tiempo, pero se le ha acabado esta materia prima. Solo los años, bastantes años, forjarán el paréntesis imprescindible para reconstruir las cenizas, migajas, fragmentos y cascotes de la excelente imagen que Sánchez tiene de sí mismo.
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