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La tentación de hacer ‘foie gras’ de pato cojo

Дата публикации: 21-10-2026 17:26:47

Los disturbios de París entroncan con la tradición revolucionaria francesa y por supuesto con su mitología, y prenden en la yesca de la frustración cuando se detecta debilidad política. (Macron, ya en la casilla de salida, con la economía en un mal momento: así aparece, creo, esa tentación colectiva de hacer foie gras del pato cojo). Lo que no quiere decir que no haya poderosas razones para la desafección y el desánimo. Y poderosas razones para la protesta, para el encono de los desfavorecidos y para la ira de los olvidados.

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Los disturbios de París entroncan con la tradición revolucionaria francesa y por supuesto con su mitología, y prenden en la yesca de la frustración cuando se detecta debilidad política. (Macron, ya en la casilla de salida, con la economía en un mal momento: así aparece, creo, esa tentación colectiva de hacer foie gras del pato cojo). Lo que no quiere decir que no haya poderosas razones para la desafección y el desánimo. Y poderosas razones para la protesta, para el encono de los desfavorecidos y para la ira de los olvidados.

La revolución puede parecer algo muy francés, pero no basta con insistir en el halo romántico de la marea callejera, en el poder innegable de la tradición y la historia, en los posibles ecos del 68 (nunca falta la comparación, aunque Cohn-Bendit la niegue), o en las lecciones del lema revolucionario por antonomasia, esa divisa que reinventó en su día el sentido de la democracia antigua, y que se consagró para siempre en los textos de la República.

Pero algo más que todo eso se mueve bajo las brasas de octubre. El análisis sociológico de lo que sucede se me antoja complejo. Bebe del descontento, sí, como lo ha hecho en ocasiones anteriores, como con los chalecos amarillos, y como en las protestas periódicas de la banlieue, que siempre se citan, las periferias en las que se amasa el sentimiento de injusticia y la resistencia a las elites gobernantes. Todo eso es cierto, y todo está presente en las calles que arden ahora, y en las brasas que brotan de la frustración ciudadana. Todo eso es cierto, y mucho más. Macron, herido por el tiempo y por una inacción que a estas alturas quizás ya no puede evitar, sigue queriendo representar al hombre solo que se encuentra con el pueblo, ¿no lo dijo De Gaulle?, el hombre que camina solo, aparentemente inerme, hacia las decisiones difíciles, el rey que no es rey, como ha de ser todo dirigente de la República. Pero ya no hay lustre en esa soledad, que solía volar envuelta en cierta gloria sobre el cuerpo más mortal y rosa de los partidos. La soledad de la grandeur es ahora apenas un ritual de silencio, tal vez para comprender lo que está pasando, para entender qué se amalgama bajo las capas de la revuelta. La indignación, sí. La rabia, también. Algunos ven una pulsión de venganza contra la democracia, sin calcular el tamaño posible de los daños. Otros, en cambio, creen que late el miedo a perderla, el miedo al mismo miedo. La incertidumbre, la tecnología, la inteligencia artificial para gobernarnos a todos. Hay muchas capas de descontento. Y de miedo cerval.

En tiempos en los que se celebra tanto la simpleza política, el caos de Francia demanda un pensamiento complejo urgente. Para muchos, la revuelta dibuja el sentimiento del fin de un mundo que tardará en volver. La destrucción del futuro, el retorno del militarismo, la fragilidad de las vidas en formación. No sólo se acusa a los padres de la patria, incluso a los propios padres, de dejar en herencia a los hijos de la democracia una tierra baldía y enfrentada, sino de haberles privado de encaramarse al árbol de los sueños. Siempre hay un componente mágico, apasionado y romántico, en la construcción de nuestras vidas, el deseo que retiene una parte hermosa de la niñez, por más que, en último término, los alquileres nos devuelvan a la dureza de la tierra.

Las protestas no suceden sólo en Francia, pero parece que es allí donde el caos se ha adueñado de las calles. Nada justifica la destrucción de edificios, ni esta espiral de violencia y fuego. Macron acaba de implantar toques de queda parciales y Meloni manda soldados a Milán. En fin. Se podrá devolver el orden, pero dudo que eso evite el malestar de la gente y haga desaparecer el espíritu de la revuelta. El brote de indignación tiene raíces profundas. Refleja el calado del miedo, no ya al futuro, sino al presente. Que Houellebecq, el polemista inagotable, afirme que la Francia está vieja, o quizás muerta, no implica que una nueva Francia haya nacido aún. Y, en plan Gramsci, ya se sabe que ese suele ser el territorio favorito de los monstruos.

Ojo con la tentación de hacer foie gras con los patos cojos de la democracia. Es una lógica pulsión, quizás, si crees que te han robado el futuro. Pero la pregunta importante es a quién se lo entregarías. ¿Todo para el fuego? Es difícil pensar que ese fuego puede tener siempre un sentido purificador. No faltan los que ya están aprovechando las cenizas del descontento para culpar al mundo libre del desorden, para acabar con Europa, para cambiar la vida de la gente, pero quizás no como desean los estudiantes, sino para obligarnos a conversar con la oscuridad, como diría la gran Mariana Enriquez.

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