Francia debe el 119% de su producto interior bruto (PIB). En 2027, llegará al 122%. Su déficit supera el 5%. Los intereses se llevan gran parte del presupuesto. Los mercados cobran más por prestar dinero. Francia, que daba lecciones de disciplina al sur de Europa, ha terminado portando la pandereta del grupo. ¿Quién arreglará el desastre? Nadie quiere hacerlo. Su presidente, Emmanuel Macron, ha quemado primeros ministros intentando cuadrar las cuentas. La izquierda quiere gastar más. La derecha nacionalista tampoco parece enamorada de los recortes. Todos prefieren pasar la cuenta al contribuyente de mañana.Seguir leyendo....
Francia debe el 119% de su producto interior bruto (PIB). En 2027, llegará al 122%. Su déficit supera el 5%. Los intereses se llevan gran parte del presupuesto. Los mercados cobran más por prestar dinero. Francia, que daba lecciones de disciplina al sur de Europa, ha terminado portando la pandereta del grupo. ¿Quién arreglará el desastre? Nadie quiere hacerlo. Su presidente, Emmanuel Macron, ha quemado primeros ministros intentando cuadrar las cuentas. La izquierda quiere gastar más. La derecha nacionalista tampoco parece enamorada de los recortes. Todos prefieren pasar la cuenta al contribuyente de mañana.
La aritmética es cruel. Piense en su hipoteca. Si la deuda crece más despacio que su sueldo, pesa menos cada año. Si crece más rápido, pesa más. Para un país, el sueldo es el crecimiento nominal del PIB (g) y el coste de la hipoteca es la tasa de interés de la deuda (i). Si i es mayor que g, es necesario ahorrar antes de pagar intereses. Francia hace lo contrario: gasta casi un 3% del PIB más de lo que ingresa. Resultado: la deuda crece sola. Y con elecciones a la vista (en abril).
España conoce el truco. Su deuda bajó del 120% del PIB en 2020 a cerca del 100%. ¿Gracias a un ajuste? Qué ocurrencia. La inflación y la recuperación aumentaron el PIB nominal y redujeron la carga de la deuda. El Gobierno se apuntó el tanto, pero los ahorradores perdieron poder adquisitivo. Una forma rápida de cobrar sin pasar por el Parlamento.
Pero lo del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, merece un capítulo aparte. Denuncia el despilfarro socialista y habla de responsabilidad, solvencia y buena gestión. Hasta ahí, música celestial. Pero cuando llega el momento de explicar dónde meterá la tijera, el concierto se acaba. Acaba de declarar que las pensiones son "innegociables". Promete actualizarlas al IPC y garantizar su viabilidad. También quiere bajar los impuestos. Cómo piensa cuadrarlo sigue siendo todo un misterio. Quiere parecerse a un contable alemán sin dejar de repartir como un político español.
Pedro Sánchez gasta y promete. Feijóo critica y promete. El impacto en la deuda será el mismo, aunque los discursos se dirijan a audiencias distintas. Entonces, ¿quién nos puede salvar? Como en todo cuento, tiene que haber un superhéroe. En el nuestro se llama Banco Central Europeo (BCE).
Fráncfort enseña los dientesChristine Lagarde, presidenta de la entidad europea, dice que está combatiendo la inflación. Ha subido los tipos hasta el 2,50% y ha reducido su cartera de bonos. Fráncfort enseña los dientes. Pero conserva una dentadura de repuesto. Se llama TPI, Instrumento de Protección de la Transmisión (Transmission Protection Instrument, en inglés). Permite comprar deuda pública en momentos de fragmentación financiera. El BCE intervendrá si considera que el aumento de la prima de riesgo se debe a la especulación y no a los fundamentos económicos reales del país. No es un cheque en blanco. Pero ¿quién decidirá cuándo una prima de riesgo refleja especulación injustificada y cuándo refleja décadas de irresponsabilidad fiscal?
Lagarde tiene su versión del whatever it takes de Mario Draghi. Dijo, refiriéndose al TPI: "Preferiríamos no utilizarlo, pero si tenemos que hacerlo, no dudaremos; créanme, no dudaremos". Un banco central que sube tipos con una mano y mantiene el botón de compra de bonos al alcance de la otra no ha resuelto el dilema entre disciplina y rescate, sino que lo ha aplazado.
Francia es demasiado grande para rescatarla fácilmente y demasiado importante como para dejarla caer. Si París se tambalea, Roma y Madrid se verán contagiadas. Cuando llegue una crisis grave, la presión para que el BCE intervenga será irresistible. La estabilidad financiera suele contar con excelentes abogados.
Todo esto indica que la salida más probable combina inflación y represión financiera. Es decir, tolerar una inflación de alrededor del 4% durante unos años. Así se reduce la deuda antigua con interés fijo y se incrementa el PIB nominal. Además, que el BCE ponga un techo a los rendimientos. Que bancos, aseguradoras y fondos de pensiones mantengan deuda pública, con reglas de capital que la premien. El objetivo es que quede por debajo de la inflación. No es nuevo. Entre 1945 y 1980, Estados Unidos y el Reino Unido redujeron su deuda entre tres y cuatro puntos de PIB al año con tipos reales negativos.
Es un impuesto sobre el ahorro. Y si la inflación se descontrola, el BCE tendrá que subir los tipos de interés y estropear la fiesta. Pero el ajuste fiscal también tiene costes. Por eso los políticos prefieren que lo haga otro. Sánchez no quiere ajustar. Feijóo tampoco se atreve a prometerlo. Francia muestra adónde conduce esa inacción compartida. Cuando nadie quiere pagar la deuda con impuestos o recortes, aparece una solución políticamente irresistible: pagarla con el dinero de todos.
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