10 de octubre 2026 - 03:07
El poeta Antonio Machado solía sentarse de niño con su abuela Cipriana en uno de los bancos presentes en la plaza del Pacífico, actual de la Magdalena, y degustar chupando como golosina un trozo de caña de azúcar o caña dulce que adquiría en algún kiosco callejero. En esa época, la plazuela sevillana ya carecía de la primitiva iglesia de la Magdalena, donde fue bautizado Murillo y enterrado Martínez Montañés, pues había sido abatida por los franceses y demolida en 1840 tras una frustrada reconstrucción. Deslumbraba entonces el Gran Hotel Madrid en la esquina con la calle Méndez Núñez, con delicadas yeserías, el cual alojaba a muchos personajes de altos vuelos antes de su derribo en 1971 para levantar Galerías Preciados; resaltaba el Hotel París, lindando con O’Donnell y frecuentado por el mundillo artístico, sustituido también por dependencias de Galerías Preciados; asombraba una casa-palacio del marqués de Aracena entre las calles Murillo y Pedro de Campaña, así como otros edificios nobles de los siglos XVIII y XIX que tampoco llegaron hasta nuestros días. Una degradación urbanística similar a la sufrida por la plaza del Duque de la Victoria a partir de los pasados años sesenta.
Rodeado de ese histórico caserío que tantas transformaciones recibiera con posterioridad, de puestos de agua, de naranjos agrios y palmeras datileras jóvenes, el futuro gran poeta disfrutaba junto a su abuela paterna del dulzor de un trocito de caña de azúcar mientras observaba a otros chiquillos que jugaban en el espacio abierto. Estas profundas vivencias infantiles quedarían reflejadas en su madurez en el entrañable relato titulado La caña dulce: “Mas sí recuerdo que, siendo yo niño, a mis seis o siete años, estábame una mañana de sol sentado, en compañía de mi abuela, en un banco de la plaza de la Magdalena y que tenía una caña dulce en la mano... ¿No es verdad, abuela, que mi caña es mayor que la de ese niño?; al contrario, hijo mío, la de ese niño es mucho mayor que la tuya... Todo lo que soy, bueno y malo, cuanto hay en mí de reflexión y de fracaso lo debo al recuerdo de mi caña dulce”. Una lección aprendida de sinceridad, humildad y respeto a los demás. Antonio marcharía a Madrid en 1883 junto a sus padres, tres hermanos –Manuel, José y Joaquín– y abuelos paternos cuando él contaba ocho años de edad, volviendo un solo día a su ciudad natal de paso hacia El Puerto de Santa María. La hermosa fuente que preside la plazoleta había sido ensamblada en 1844 a partir de elementos extraídos de otras ubicadas en el Hospital de la Misericordia, el Palacio Arzobispal de Umbrete y la Alameda de Hércules. Calíope, la musa de la poesía épica y la elocuencia que culmina la fontana, ofrece eternamente su corona de laurel a los magnos poetas y quizá lo hiciera al protagonista del íntimo suceso que contemplara por aquellos tiempos, sellando para siempre en el sensible niño la inspiración creadora de luminosas obras de la literatura universal.
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