El ámbar conserva en su interior pequeños fragmentos de un mundo desaparecido. Insectos y restos vegetales quedaron atrapados en la resina de los árboles hace millones de años y hoy permiten contemplar, casi a contraluz, ojo, una historia detenida. Esa capacidad de guardar memoria es el punto de partida de La cabaña de ámbar, la exposición que el Museo Nacional de Artes Decorativas dedica a Miguel Ángel Blanco hasta el 17 de enero. La muestra pone en diálogo creaciones del artista con piezas procedentes de diversas colecciones españolas para explorar el lugar que este material ha ocupado entre la naturaleza, el arte y las creencias humanas.Seguir leyendo....
El ámbar conserva en su interior pequeños fragmentos de un mundo desaparecido. Insectos y restos vegetales quedaron atrapados en la resina de los árboles hace millones de años y hoy permiten contemplar, casi a contraluz, ojo, una historia detenida. Esa capacidad de guardar memoria es el punto de partida de La cabaña de ámbar, la exposición que el Museo Nacional de Artes Decorativas dedica a Miguel Ángel Blanco hasta el 17 de enero. La muestra pone en diálogo creaciones del artista con piezas procedentes de diversas colecciones españolas para explorar el lugar que este material ha ocupado entre la naturaleza, el arte y las creencias humanas.
El título alude a dos espacios muy distintos. Por un lado, a la cabaña escondida en el bosque, refugio donde la observación del entorno puede convertirse en conocimiento. Por otro, a la Cámara de Ámbar de San Petersburgo, admirada como la octava maravilla del mundo y convertida en símbolo de lujo y poder. La muestra va de la intimidad del paisaje a las cortes europeas. Blanco no utiliza la resina fósil como una simple piedra preciosa, sino como un vínculo entre tiempos y territorios. En sus manos, los fragmentos de origen natural conviven con madera y otros elementos recogidos durante sus exploraciones, adquiriendo una nueva lectura sin perder sus huellas originales.

'Libro-caja 1231', de Miguel Ángel Blanco / CEDIDA
La visita comienza en ese territorio anterior a los objetos de lujo. Ejemplares de ámbar en estado natural, cedidos por el Museo Geominero, aparecen junto a El espectro del ámbar, una serie de dibujos que Blanco realiza con polvo de ámbar procedente de Lituania y barnices sobre cartulina negra. Las manchas, de contornos caprichosos, evocan para el artista presencias ligadas a las antiguas creencias sobre el bosque. Destacan un fósil del Líbano con una garrapata en su interior y otro de Myanmar con una pequeña pluma. También se exhiben ejemplares españoles procedentes del yacimiento de San Just, en Utrillas (Teruel). Antes de convertirse en joya o mercancía, el ámbar perteneció al bosque.
A partir de ahí, la exposición se adentra en la fascinación que despertó durante siglos. Su transparencia y el aroma que desprende al calentarse hicieron del ámbar un material codiciado para adornos, remedios y amuletos. Destaca un retrato de Ana de Austria pintado por Sofonisba Anguissola y prestado por el Museo del Prado. La reina, esposa de Felipe II, luce un largo collar de cuentas de ámbar, al que se atribuía la capacidad de proteger a quien lo llevaba. No era sólo un signo de posición social: en la época también se confiaba en las virtudes del material para perfumar el aire y alejar enfermedades. Belleza, superstición y medicina convivían así en una misma pieza.
Un escondite luminosoEl recorrido permite comprobar hasta qué punto el ámbar pasó de los amuletos a las artes decorativas. Se exhiben un anillo fenicio del Museo Lázaro Galdiano, una muñeca articulada de época romana llegada desde el Museo de Albacete y un peinador de la reina del siglo XVIII, fabricado en Danzig o Königsberg con tilo, roble y ámbar báltico. Esta última pieza fue un regalo de la sultana Leila Fátima a María Luisa de Parma y pertenece a la Colegiata de Santa María de Calatayud. También hay cofres con placas translúcidas, escenas grabadas y una peineta del Museo Nacional de Artes Decorativas. Los objetos hablan de una materia que circuló por rutas comerciales y terminó en tocadores y gabinetes de colección.
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Peinador de la reina prestado por el Museo de la Colegiata de Santa María de Calatayud. / CEDIDA
El tramo final devuelve el protagonismo a Blanco y a su Biblioteca del Bosque, el proyecto que desarrolla desde hace cuatro décadas y en el que reúne hallazgos de sus paseos en libros-caja. Para esta exposición presenta 25 de estas obras, construidas con ámbar y copal, una resina más joven, combinados con madera, vegetación y otros materiales. En La legendaria cabaña de ámbar imagina un escondite luminoso. Y en otras piezas aparecen referencias a la mitología y a los poderes atribuidos a las resinas. Nacido en Madrid en 1958 y Premio Nacional de Grabado en 1995, el artista lleva años trabajando en esa frontera entre archivo natural y creación.