Primero será Pérgamo. Después, El Aleph. Madrid se prepara para despedir a dos librerías que forman parte del paisaje cotidiano de sus barrios. La primera, en General Oráa, bajará la persiana el 17 de noviembre porque la propiedad no renovará el alquiler de su histórico local. Y la segunda, situada en Ferraz, lo hará el 28 de diciembre, cuando su responsable se jubile sin nadie que tome el relevo. Dos finales por motivos distintos que ponen rostro a las dificultades del pequeño comercio cultural. Son tiempos oscuros, coinciden Pablo y Manuel, sus propietarios. En febrero ya desapareció Tipos Infames, tras 15 años animando la vida literaria de Malasaña. Y los números tampoco invitan al optimismo: según la Asociación de Librerías de Madrid, el 84% de las librerías ocupa un local alquilado y apenas el 14,3% considera asegurada su continuidad en él. Una incertidumbre que contrasta con el interés por los libros: el 72,8% de los madrileños lee por ocio, la proporción más alta de España.Seguir leyendo....
Primero será Pérgamo. Después, El Aleph. Madrid se prepara para despedir a dos librerías que forman parte del paisaje cotidiano de sus barrios. La primera, en General Oráa, bajará la persiana el 17 de noviembre porque la propiedad no renovará el alquiler de su histórico local. Y la segunda, situada en Ferraz, lo hará el 28 de diciembre, cuando su responsable se jubile sin nadie que tome el relevo. Dos finales por motivos distintos que ponen rostro a las dificultades del pequeño comercio cultural. “Son tiempos oscuros”, coinciden Pablo y Manuel, sus propietarios. En febrero ya desapareció Tipos Infames, tras 15 años animando la vida literaria de Malasaña. Y los números tampoco invitan al optimismo: según la Asociación de Librerías de Madrid, el 84% de las librerías ocupa un local alquilado y apenas el 14,3% considera asegurada su continuidad en él. Una incertidumbre que contrasta con el interés por los libros: el 72,8% de los madrileños lee por ocio, la proporción más alta de España.
“Las dueñas del local nos comunicaron en septiembre que no iban a renovarnos el alquiler. Aunque era alto y estaba poniendo el negocio contra las cuerdas, nuestra idea era perseverar. Pero no nos han dado esta oportunidad. Así que tocará buscar otro lugar donde nos lo permitan”, apunta Pablo. En Pérgamo, la historia empezó mucho antes de que llegaran las plataformas de venta por internet. Fue el 26 de septiembre de 1946, cuando Raúl Serrano, un catedrático apartado de la enseñanza por el franquismo, abrió una librería en el número 24 de General Oráa. Allí encontró una manera de seguir vinculado a la cultura. Y no se limitó a vender los títulos permitidos: en la trastienda circularon obras prohibidas por la censura, una actividad que llegó a costarle multas. Sus hijas, Ana y Lourdes, conservaron el negocio durante décadas, hasta que la jubilación estuvo a punto de ponerle fin. No ocurrió. Hace unos cuatro años, un nuevo equipo encabezado por Pablo y María recogió el testigo.

La librería Pérgamo anunció su primer cierre en 2021 por la jubilación de sus propietarias, Ana y Lourdes. / R. BÉCARES
El pasado 26 de septiembre celebraron el 80º aniversario con decenas de personas. Apenas unas semanas después, la librería encara otra despedida. “Ha sido una montaña rusa de emociones, pasando de la gratitud a la frustración. Lo venimos diciendo desde hace tiempo: la presión inmobiliaria en Madrid es enorme, lo que hace difícil construir proyectos culturales. Ahora, nos toca mirar al futuro”, prosigue el librero. El problema va mucho más allá de encontrar una nueva puerta en la que colgar su nombre: implica localizar un espacio que permita pagar salarios y suministros con el margen limitado de la venta de libros. Y sin poder modificar libremente el precio de los ejemplares para compensar los gastos: “Hemos vendido mucho. Es un negocio que funcionaba muy bien. La cuestión es que no es rentable por culpa de un alquiler altísimo y, al final, claro, hemos terminado por caer”.

En 1946, Raúl Serrano, un catedrático apartado de la enseñanza por el franquismo, abrió la librería en General Oráa. / ALBA VIGARAY
La paradoja es que Madrid no ha dejado de abrir librerías. En La Latina han surgido espacios como Verbena Libros, en Tabernillas, y Elástica, en San Bernabé. Algo más al sur, en la calle Valencia, Parent(h)esis también ha apostado por los clubes y las actividades alrededor de la lectura. Desperate Literature, por su parte, encontró refugio en Cava Baja después de tener que abandonar su anterior emplazamiento. Son negocios diferentes, con catálogos y propuestas propios, pero comparten la necesidad de reunir a sus lectores más allá del mostrador. Su aparición demuestra que todavía hay quienes están dispuestos a apostarpor las librerías. Sin embargo, la realidad es oscura: en la Comunidad de Madrid hay 129 municipios sin librerías, el 72% del total. Una cifra que, según advirtieron sus propietarios a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA, cada vez más ahogados, podría aumentar en los próximos años. “La pregunta que deberíamos hacernos es para quién estamos construyendo esta ciudad. ¿Para la gente que la habita? ¿O para quienes viven de las rentas y lo único que les interesa es el beneficio económico como la más alta expresión?”, concluye Pablo. Por el momento, siguen buscando local.
Ahogarse entre gastosEn Argüelles, la cuenta atrás tiene otro motivo. El Aleph cerrará el 28 de diciembre porque Manuel, el librero que lleva 30 años atendiendo el establecimiento, se jubila. No hay por ahora una persona que continúe su trabajo. Durante estos años ha construido un fondo reconocible, especialmente dedicado a la literatura oriental: autores japoneses, chinos, indios y árabes conviven con la poesía, la narrativa general y los libros infantiles y juveniles. También ha hecho de la búsqueda de ejemplares difíciles una parte de su oficio. A diferencia de Pérgamo, el cierre no se ha anunciado como consecuencia de una negociación inmobiliaria, sino de una circunstancia menos visible y no menos decisiva: ¿quién sigue detrás del mostrador cuando quien conoce los libros y a sus clientes decide retirarse? “Llegamos a ser tres trabajadores, pero en los últimos seis años he estado solo al frente. Una locura. Además, los socios también quieren sacar rendimiento de lo que hay invertido”, explica Manuel, que mira con nostalgia los orígenes de su proyecto.
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Manuel ha lirado el equipo de El Aleph desde 1996. / ARCHIVO
El Aleph arrancó en 1996 y, desde entonces, con la convicción de salir adelante, ha ido sorteando escollos de lo más variopintos: “Empezamos de alquiler, pero acabamos comprando el espacio cuando el propietario del edificio, una compañía de seguros, se lo vendió a un fondo. De esta forma, nos asegurábamos una cuota fija y no viviríamos sometidos a la incertidumbre del mercado. Afrontamos tantos gastos que acabas ahogándote. ¿Cuántos libros hay que despachar para sobrevivir? Muchísimos”. Entre la dificultad de asumir una renta y la de encontrar a alguien dispuesto a seguir, Madrid se juega algo más que dos comercios. Cuando Pérgamo abandone General Oráa y Manuel baje la persiana de El Aleph, la capital perderá dos lugares donde los libros servían para empezar conversaciones. “Sin librerías no hay barrios. Bastante gente se va a quedar huérfana con estos cierres”, señalan Manuel y Pablo. Y subrayan: “Madrid está perdiendo parte de su memoria. Y su capacidad para sorprenderse”.